Esta no es una diatriba contra el reggaetón ni contra el trabajo de Juan Luis Londoño Arias, más conocido como “Maluma” en el mundo del entretenimiento. Ni se ahondará en la reciente polémica que suscitaron sus letras en canciones como “Cuatro Babys”, “Borró Cassette” u otras.

Para nadie es un secreto que los antivalores se reproducen en varias músicas comerciales como la salsa, el vallenato, la carrilera, las rancheras y hasta algunos boleros y tangos que atravesados por el delirio bohemio desbordan en el enfermizo amor posesivo, por poner un ejemplo básico entre muchos otros antivalores y géneros en cuestión. Músicas que han inmortalizado versos polémicos que se corean con euforia, jocosidad y ligereza en noches de tragos, que no necesariamente nos detenemos a problematizar porque hacen parte del ritual de cualquier rumba con fines recreativos. Pero son letras que también han motivado pensamientos y acciones reprochables, incluso, con desenlaces fatales comparables a la escalofriante historia de “La Cárcel de Sing Sing”, de José Feliciano. Composiciones interpretadas por músicos virtuosísimos con exitosas carreras y un gran legado, cabe anotar.

No obstante -y entrando en materia-, más allá de si es políticamente correcto o no que la Gobernación de Antioquia reconozca a Maluma para “exaltar su aporte al género urbano, sus éxitos musicales y su reconocimiento dentro y fuera del país”, debemos analizar con urgencia qué tipo de propuesta “artística” obtendrá semejante condecoración, bajo qué criterios se le otorgará y qué impacto genera que dicho “artista” sea homenajeado con esa distinción pública por la máxima autoridad regional. Más cuando el eslogan del gobierno de turno presume que “Piensa en Grande”.

Que no se confunda cierto tono sarcástico con el tufillo de un defensor de la “alta cultura” o de una élite de refinada sensibilidad, ni un discurso con ínfulas de superioridad moral que imparte conceptos de qué debe ser llamado arte o no.

Estoy cuestionando directamente a la Gobernación de Antioquia, porque queda en evidencia la banalización, frivolización y pauperización de los criterios bajo los cuales se promocionan y exaltan a los referentes culturales del departamento, anteponiendo atributos superfluos como el éxito comercial y el reconocimiento internacional de un artista sin ahondar en el contenido de su obra, en qué tipo de mensajes y valores (o antivalores, como en este caso) circulan en sus creaciones para llegar a conquistar otras latitudes con el sello de Medellín, Antioquia y Colombia.

Es justo anotar que no por el hecho de que seduzcan nichos comerciales en otros países con sus ritmos y letras, eso hace de su trabajo “artístico” una labor de impacto cultural meritorio o destacable. Hay que ir mucho más allá.

Hay colombianos -y paisas en particular- a los que les encanta sacar pecho con que cualquier artista, deportista o celebridad sea un “embajador” de nuestra “cultura” en otros países con sus expresiones, talentos o acciones. Y eso no debe juzgarse como bueno o malo, pues hay gente que goza con la capacidad de conmoverse, enorgullecerse y sentirse parte de la gloria de los coterráneos. Se ha vuelto normal, desde Cochise hasta Shakira y aplica para muchos otros casos sin importar la época. Esa contagiosa pulsión patriotera pulula y hay causas loables como las hay desdeñables, es subjetivo. Pero, preguntémonos, honestamente, ¿Maluma viene siendo el “embajador” de qué? ¿Qué grado de honor le debemos o por qué debemos sentirnos identificados o representados como antioqueños con la imagen que está dando Maluma en otros países con sus mensajes y shows?

Si evaluamos a grandes rasgos la meritocracia de la distinción, se debe reconocer que el que se autodenomina “Pretty Boy, Dirty Boy” (chico lindo, chico sucio) ha sido un arduo trabajador en el género urbano y desde hace aproximadamente seis años -que salió al estrellato- se ha posicionado como uno de los principales exponentes del reggaetón en el país y todo Latinoamérica. Nadie puede alegar que, le guste o no –y sin desconocer el contenido machista y cosificador de las mujeres explícito en varias de sus canciones-, Maluma ha alcanzado logros importantes dentro de la industria cultural en la que se mueve y hoy por hoy recoge los frutos de hacer el tipo música que le gusta y le lucra. Pero aquí el debate va más allá de que Maluma merezca ser condecorado como “antioqueño ilustre” por su trayectoria musical, su éxito comercial y el eco de sus letras.

¿Cuál es la apuesta real de construcción, promoción, reconocimiento y estímulo a la cultura de la Gobernación actual? A propósito, ¿Cuál es su concepto ideal o su visión de “cultura” para Antioquia? Existen niños, jóvenes y personas de muchas otras edades que llevan años cualificando propuestas artísticas de gran factura, que han representado a la región y al país en otras naciones y continentes enalteciendo nuestra riqueza expresiva y potencial creativo. Proyectos dignificantes que despiertan una singular conmoción estética en públicos diversos, que integran comunidades, motivan a nuevos públicos, despiertan reflexiones con mensajes que edifican e impulsan construcciones colectivas. Un sinnúmero de procesos comprometidos, resistentes, transformadores y replicables en muchos otros territorios, sea desde el contexto urbano o la ruralidad, con un alto y positivo índice de impacto social y cultural, cuyo reconocimiento representaría un apoyo para dignificar su labor y un aliento para motivarlos a continuar creando y construyendo sociedad.
Si aún no ha quedado claro, estos párrafos no buscan desvirtuar el trabajo de un reconocido cantante de reggaetón para enaltecer el trabajo de un montón de héroes anónimos. Vale la pena pensar en qué oferta cultural estamos consumiendo, fortaleciendo, promoviendo y exaltando desde todos los frentes. Un homenaje institucional a Maluma, con el impostado y rimbombante tono de esos acartonados protocolos, no va a entorpecer los sueños de otros miles de artistas, líderes y gestores culturales que trabajan con un enfoque constructivista. Pero es innegable el desaire que se siente al develar que la cultura en Antioquia, tal y como queda manifiesto, no se “Piensa en Grande”.

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