Da Colômbia para o Brasil. Em nome de Antioquia para Santa Catarina. De Medellín a Chapecó. Pelos torcedores do Atlético Nacional para Chapecoense torcida.

En el imaginario de lo metafísico Chapecoense, te la entregan Andrés Escobar, “Carepa” Gaviria, Miguel Ángel Calero y el “Palomo” Usurriaga.

Eran las 11.30 de la noche del lunes 28 de noviembre cuando me di cuenta de la desgracia. Todo se me enfrió, me puse pálido y algunas lágrimas cayeron de mis ojos. No lo podía creer. Guardaba la esperanza de ser un chiste de mal gusto y de que todo eso no estuviera pasando.

En la última semana solo pensaba en una cosa y era en la final de la Copa Sudamericana. La única Copa continental que le hace falta a las vitrinas de Atlético Nacional, el equipo de mi alma y que se robó de niño mi corazón.

Quería la hazaña, vivir ese momento histórico de haber alcanzado la gloria y, “la otra mitad de la gloria”, como le llaman popularmente en el lenguaje futbolero a la Copa Sudamericana.

Habíamos llegado dos veces a pelearla. En su primera edición contra San Lorenzo de Almagro en el 2002 y en el 2014 contra River Plate de Buenos Aires, ambas las perdimos. Ambas contra equipos argentinos que nos ganaron de nombre y con poco fútbol.

Siempre quedó ese sinsabor ¡Esta era la revancha! “La tercera es la vencida” y más aún, si veníamos siendo el equipo más regular en el continente y el que mejor fútbol ha mostrado durante todo el año.  Se trataba del campeón de América que iba a disputar “la otra mitad de la gloria” contra un equipo humilde pero aguerrido, contra un brasilero que siempre va proponer buen fútbol y que tenía todos los méritos deportivos de estar en la gran cita aquel 30 de noviembre.

Pero el eterno de Chapecó no pudo acudir a la cita. Sus sueños no pudieron aterrizar en el Atanasio Girardot, en el “Templo del fútbol de los Antioqueños”.  No fue posible dar el pitazo inicial. El gran Marcos Danilo no se pudo ver cara a cara con el gran Franco Armani. Alexis Henríquez no pudo sortear la moneda con Cléber Santana. “El Coloso de la 74” no pudo hacer la presión con tifos, pirotecnia y cánticos y no pudo corear “¡El que no salte es brasilero maricón!”.

Sin rival no hay fútbol, no hay fiesta y no hay cánticos. Sin el contrario no hay folklore y sin todo esto, la pelota no puede rodar para dar inicio al espectáculo.

El 28 de noviembre fue imposible dormir. Quedé atento de los muchachos de Chapecoense y de su trágico accidente hasta las 3 A.M.  A las 6 de la mañana del 29 de noviembre papá me despertó para contarme el insuceso. Yo ya lo sabía, él apenas se daba por enterado. Al igual que yo, esperaba con ansias la final, se le notaba contento en la semana porque nuestro equipo iba por la hazaña y por el reinado total de América.

Ese día se le desparramó el alma y el corazón. “ Que noticia tan triste” fue lo que me dijo aquella mañana.

Hasta la hora que me había acostado ya se conocía al primer sobreviviente. Alán Ruschel, el zaguero centro era la primera cuota de esperanza de aquella madrugada helada y llena de sinsabores ¡Íbamos por más! Fue el consuelo con el que me fui a la cama.

Pero, al otro día, cuando se conoció el total de los muertos y al saber que estos eran 71, el mundo se me vino encima definitivamente.

Algunos dirán que nos dejamos llevar por el sensacionalismo y que en Colombia muertes injustas ocurren todos los días pero, el 30 de noviembre a las 7:45 de la noche esos pelaos iban a saltar a la grama del Girardot por un sueño continental. Eran deportistas de un equipo humilde y lleno de elogios.

Eran hijos, hermanos, padres y esposos de alguien y querían darle la alegría a la ciudad de Chapecó y hacerla aparecer en el mapa de Brasil gracias a sus méritos futbolísticos.

Nunca he desconocido los problemas de mi país y siempre me han dolido las muertes injustas que todos los días ocurren en este. Sin embargo, lo de Chapecoense me dolió como humano, como futbolero, como hincha y como colombiano. La tragedia fue en nuestro territorio y el equipo venía a hacer parte de una fiesta de ciudad. A hacer parte de la inauguración de diciembre y a darla toda para arrebatarnos los motivos para celebrar aquel 30.

Ahora, y luego de una semana difícil, melancólica y reflexiva, también llena de amarillismo y de sensacionalismo, se conoce al campeón. Fue como debía de ser, Chapecoense es campeón de la Copa Sudamericana 2016. Lo mínimo que se pudo hacer, la Conmebol se acogió a la propuesta de mi respetado Atlético Nacional.

A la hinchada del verde paisa, egocéntrica y acostumbrada a ganar se la cayeron todos los egos al suelo, estos pasaron a un segundo plano. Siempre tuvo prevalencia el carácter humano de la tragedia, por primera vez en la historia nos alegra ser subcampeones. Chapecó nuestra ciudad hermana. Atlético Nacional y Chapecoense en hermandad para siempre.

Su camiseta con los mismos colores de la nuestra, la portaremos con orgullo, al igual que ellos ya lo hacen y nos envían todo su apoyo para que América se vista de verde y blanco con el triunfo en el Mundial de clubes.

Será para ustedes. Será pensando en ustedes. Serán 22 jugadores representando al continente con los colores verde y blanco, de los que están y de los que partieron, en el país donde nace el sol. En Japón el 15 y ojalá el 18 de diciembre se honrará de la mejor forma al campeón para la eternidad.

No podemos prometer un mejor homenaje que con goles, ambiente de fútbol, cánticos y la ciudad vestida de verde y blanco.

Para la memoria de las víctimas del avión de LaMia, para los eternos campeones y para la tripulación del vuelo, esta ciudad los recordará por siempre. Esta ciudad no se va cansar de hacerles homenajes, ojalá el siguiente sea como en Brasil lo están pidiendo: Con Nacional campeón del mundo.

Ehhhhh…

Vamos, vamos Chape…

Vamos, vamos Chape…

Vamos, vamos Chape…. Ehhhhhh!

“Por los parceros que ya no están”

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