Como lamento las tristes noticias de los medios nacionales en los días recientes, y como lamento que después de la indignación efímera, propio síntoma de nuestros tiempos, las mujeres asesinadas, vayan quedando solamente como un agregado a la estadística. Un dato más, con el que no sucede nada, un dato para que sepan que sabemos, para dar la impresión de que al Estado le importa, ¿pero realmente cuánto importa nuestra vida, la vida de tantas mujeres, maltratadas y asesinadas?.¿Cuánto importa la vida de aquellas, que incluso habían denunciado la situación que ponía en peligro su vida, y pese a ello, ahora no están?.

Según cifras de la prensa nacional, Claudia Rodríguez junto con otras 34 mujeres en el presente año, comparten la característica de haber denunciado la situación en la que se encontraban, habían dado aviso de que su vida se encontraba en peligro y aun así, nada se hizo para cambiar la tragedia que las asolaba.  Entonces…. ¿Dónde estaban las medidas de protección necesarias para asegurar la vida de estas mujeres? ¿Acaso no las escucharon? ¿Acaso no les creyeron?

Tantas preguntas para hacerle a un Estado ausente. Preguntas urgentes para poder reconocer la responsabilidad que al Estado y a la población civil le corresponde en la muerte de estas mujeres y claro está, también en la de muchas otras que no han denunciado, que quizá nunca denuncien y que luchan día tras día para preservar su existencia.

La defensoría del pueblo se ha pronunciado sobre estos recientes casos de feminicidios y otras formas de violencia contra las mujeres, haciendo un llamado a las instituciones y a la sociedad para cumplir el papel de garantes de la vida de las mismas. Además reitera que en el país existen ahora los instrumentos legales para evitar que estos casos sigan sucediendo y para sancionar a los agresores. Esto, dada la ley 1257 de 2008 y la aprobación de la ley Rosa Elvira Cely, en 2015, además del reconocimiento de la categoría de feminicidio, para el tratamiento de los casos de homicidios que se comenten contra las mujeres por su condición de serlo y cometidos en el uso del poder ostentado sobre sus cuerpos y sus vidas.

Pero no es un secreto que a pesar de la existencia de estos recursos legales, garantizar una vida libre de violencias para la población femenina va mucho más allá de los protocolos e implica unas reflexiones profundas individuales y colectivas, incluso sobre temas de los que pocos quieren hablar. Nombramos la opresión en un sistema patriarcal y misógino y una serie de condiciones mantenidas por la tradición,  que es necesario revolcar para que la vida de las mujeres y niñas  importe y no nos sigan matando.

Sin embargo cuando llamamos a estas reflexiones, y decimos por ejemplo que el machismo mata, dicen  que somos radicales, extremistas, incluso violentas, pero resulta que precisamente los instrumentos legales no funcionan como deberían funcionar porque al interior de las instituciones  y de la sociedad en general, no se han  hecho las reflexiones necesarias y entonces las mujeres denuncian, sí, pero no se les cree. Dan aviso de lo que les pasa, pero se consideran exageradas, declaran que están en peligro, pero las creen paranoicas, histéricas.

Entonces los recursos legales ahora existentes se quedan en el papel, porque en las entidades no hay las condiciones para que se haga caso a lo que se demanda y se desplieguen todas las estrategias posibles para evitar que las mujeres sufran estas violencias y así contribuir de una manera definitiva a su erradicación.  Aunque se tiene el marco jurídico, y se han diseñado unos mecanismos para la protección de las víctimas, no se aplican y por ello corresponde reclamar a cada cual: entidades territoriales, jueces, comisarios de familia y demás, la responsabilidad de las muertes de esas mujeres, que creyeron en la ley, mientras en ellas no creyeron.

Claro que allí no termina la responsabilidad, las mujeres siguen muriendo en estos mismos móviles, y a todos y todas nos corresponde la reflexión sobre estos asesinatos estructurales.  Nos corresponde también asumir las violencias en las que de una u otra manera tenemos parte cuando callamos, cuando volteamos la mirada, cuando no denunciamos, cuando justificamos al victimario, cuando reproducimos los prejuicios; cuando nos convertimos en evasores de una realidad perturbadora y actuamos con esa indiferencia que se ha vuelto tan nuestra.

Resuenan por estos días, los nombres de Claudia Rodríguez, asesinada en Bogotá,  de Elcy Yamile Olaya, asesinada un día antes en Medellín y Nally del Carmen Monterrosa, asesinada en Soledad, Atlántico. Pero con todo el dolor sabemos que además de estos nombres sonados en los medios de comunicación del país, muchas otras mujeres se encuentran temiendo por su vida, defendiéndose como pueden, con miedo de hablar y lo peor aún, sintiendo que quizás da lo mismo hacerlo, que no vale la pena denunciar porque de igual manera con denuncias o sin ellas, solo muertas se sabrán sus nombres. Así el panorama, mientras el Estado y la justicia, siguen siendo demorados, burocráticos e ineficientes, nos queda seguir luchando contra el silencio y todas las formas sistemáticas en que se violenta a las mujeres y niñas en esta y otras latitudes. Seguimos gritando que nos queremos vivas.

Fuentes:

La vida de las mujeres esta en las manos del estado. El tiempo. 12/04/2017. Por: Jineth Bedoya Lima. http://www.eltiempo.com/justicia/la-vida-de-las-mujeres-esta-en-las-manos-del-estado-77396

La impunidad transmite el mensaje de que se puede matar a las mujeres. 15/01/2016. Por: Susana Godoy www.feminicidio.net

Instituciones y Sociedad deben estar dispuestos permanentemente para garantizar la vida e integridad de las mujeres: Defensoría del Pueblo 12/04/2017 www.defensoria.gov.co

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