Esta guerra nos ha impedido amarnos, este fue el nombre de las conferencias del informe Aniquilar la diferencia realizado por el Centro Nacional de Memoria Histórica (Lea También: Limpieza social: Aniquilar la diferencia) que se llevaron a cabo en Medellín en las dos últimas semanas. El informe nacional sobre las violencias vividas en el conflicto armado por las personas LGBTI nos remite, tal vez, al amor en pareja de lesbianas, gays, bisexuales y trangeneristas. Pues no, el pasado sábado 23 de abril, los asistentes a la conferencia en la Biblioteca Pública Piloto, descubrieron que este amor va más allá del amor homosexual, incluso, del heterosexual.

Este país ha experimentado tantas y tan diversas formas de violencia que estudiar las que, en particular, fueron ejercidas sobre personas LGBT, constituía, en primer lugar tener varias premisas claras sobre ellas y ellos, sobre la guerra, e incluso, sobre la sociedad colombiana en su repertorio de valores y significantes. Así fue como Pablo Bedoya, historiador y magíster en historia de la Universidad Nacional presentó el informe.esta-guerra-nos-ha-impedido-1

Bedoya introdujo tres premisas. La primera, dentro de la “comunidad LGBT” hay hegemonías y subalternos también. Es decir, hay personas LGBT que no solo están relegadas en la esfera social y estatal, sino también en su propio “nicho”, por llamarlo de alguna manera. De ahí, que por ejemplo, es posible encontrar personas que no hubieran sido víctimas, pues gozan de una protección en algún aspecto de sus vidas o por su contexto.

En segundo lugar, no es de extrañar que esta categoría de víctimas no sea reconocida por la sociedad, ni el estado debido a la naturalización de la violencia, un concepto que también se introducirá más adelante, pero lo que sí, es que las mismas personas LGBT lo naturalizan y por ende, tampoco se reconozcan como víctimas o peor, se revictimizan a sí mismas haciéndose responsables de lo que les ocurrió.

Finalmente, y quizá una de las tesis más ricas de esta investigación es: lo que les ha ocurrido en el marco de la guerra está indiscutiblemente ligado a la violencia estructural hacia personas LGBT, incluso más vieja que la guerra. Esto no quiere decir que igual hubieran sido torturados, asesinados o humillados. Más bien, el conflicto armado reencaucha y recrudece estas violencias y permite que se materialicen.

Esta última premisa es al mismo tiempo una condición que posibilitó la violencia a este grupo poblacional en el marco del conflicto armado. Así como la circularidad de violencias, bajo la cual el sujeto es vulnerado desde la familia, la escuela, la sociedad y el estado, y la naturalización de la violencia, cuando incluso los “castigos” hacia a estas personas son reclamados a los actores armados por la misma comunidad de un territorio.

Los matices

En los estudios de memoria sobre esclarecimiento las tres preguntas obligadas son ¿quién? ¿sobre quién? y ¿por qué?. Con los anteriores párrafos se responden las dos últimas preguntas. Ahora, ¿quién ejerce estas violencias?

El CNMH encuentra que el 65% de los victimarios fueron grupos paramilitares, el 19,4% guerrillas, el 11,1% las Fuerzas Armadas y el 2% otros actores, entre los cuales se pone como ejemplo a los narcotraficantes.

Sin embargo, los  actores armados que han perpetuado violencias hacia personas LGBTI en el marco del conflicto no lo han hecho de la misma manera. Incluso, podría ejemplificarse esto para cada tipo de hecho victimizante en cada victimario. Aquí, Pablo Bedoya habla de violencia sexual oportunista y violencia sexual estratégica, refiriéndose al modus operandi de guerrillas y paramilitares. En la primera, la violencia sexual se ejerce bajo la prerrogativa de ser un actor armado con control sobre el territorio. En la segunda, de una manera sistemática y con la intención de enviar un mensaje a toda la comunidad en su conjunto sobre las represalias por ser LGBT.

El estado por su parte, a través de la norma y sus fuerzas armadas legaliza actos violentos hacia esta población. Como es el caso del estatuto de Seguridad y Democracia, con el que se propician las batidas y las detenciones arbitrarias a personas LGBT.

Finalmente, el narcotráfico como actor más visible de ese “otros”, se cree, tuvo una importante incidencia para ciudades como Cali y Medellín. Pablo Bedoya se detiene en este punto no solo para puntualizar en el hecho de que personas LGBT hubieran sido la pareja de algún narco en Medellín, sino también para apuntar a bares y discotecas LGBT de la ciudad que servirían para lavar dinero del narcotráfico. En ese sentido la época de los años 80 sería clave para profundizar en este tema.

Una de los prejuicios con los que se parte para hablar de discriminación y vulneración a población LGBT tiene que ver con su espacialidad. Se ha pensado que “ser marica” en la ciudad es más fácil que serlo en la ruralidad. El conferencista señala que no es fácil en ninguna parte y que incluso la ruralidad tiene algunas ventajas que la ciudad no.

Si bien, la ciudad, y más la ciudad neoliberal, ofrece libertad y anonimato, en el campo los vínculos comunitarios son más fuertes y de alguna forma estos protegen, no siempre y hasta cierto punto, a las personas LGBT. En la ciudad no solo son más escasos y más débiles los vínculos sino que también cuesta establecerlos, por lo que puede haber una exposición más fuerte a la vulneración.

Cuando el informe promulga “esta guerra nos ha impedido amarnos” se refiere entonces a la esfera societal y comunitaria, más que a las relaciones personales de las personas LGBT. Aquí es cuando el auditorio descubre que el informe es sobre todos nosotros y no solo sobre la población LGBT. Esta guerra nos ha impedido hacer lazos, vínculos y para el caso de las violencias ejercidas hacia lesbianas, gays, bisexuales y transgeneristas no iba a ser la excepción. Esta guerra nos ha impedido romper con la violencia estructural hacia ellos y nos ha impedido amarlos.

Antioquia ocupa siempre el primer lugar en todos y cada uno de los hechos victimizantes que contempla la Unidad de Víctimas. Para el caso de personas LGBT no solo tiene la mayor cifra sino que además dobla a Bogotá y es 4 veces más que en Bolívar y año tras año también repunta en el informe de Colombia Diversa como el departamento más vulnerador de Derechos Humanos hacia personas LGBT.

La reconstrucción del tejido social ahora y durante el posacuerdo tendrá que incluirnos a todos, porque un estado en el que no quepa así sea un solo individuo por su origen, color de piel u opción sexual, no cabemos ninguno de nosotros, es un engaño.

Fuentes:

Aniquilar la diferencia – Centro Nacional de Memoria Histórica

Cátedra Luis Antonio Restrepo 22 de Abril de 2016 – Biblioteca Pública Piloto

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