¡La historia absolvió a Fidel!

“Condenadme, no importa, la historia me absolverá”

 

Camilo Guerra Sucerquia

Estas fueron las palabras pronunciadas por Fidel Castro en su defensa, luego del asalto al Cuartel de Moncada el 26 de Julio de 1953.

Este alegato, en el cual Fidel fue condenado a 15 años de prisión, pasó a la historia. No solo fue el hecho de no hacer uso de un abogado y el mismo defenderse ante el régimen militar, también sentó las bases de lo que sería el proceso revolucionario en la Cuba después de “Los Barbudos”.

Restablecimiento de la constitución del 40, devolviéndole al pueblo su soberanía; concesión de la propiedad de la tierra a los colonos y arrendatarios, participación del 30% en los grandes emporios de los trabajadores, confiscación de los bienes de los gobernantes para fortalecer la salud, el empleo y la educación y, concesión del 55% de la renta de la caña de azúcar a los colonos, fueron las tesis expuestas por Castro el día que pronosticó que la historia lo iba a absolver de las acusaciones por el asalto al Cuartel de Moncada, en Santiago de Cuba.

Pero la historia no lo absolvió solo de sus actuaciones aquel 26 de Julio de 1953. Cuba para 1959 se encontraba bajo el régimen militar de Fulgencio Batista, un dictador que torturó y asesinó a 20.000 cubanos con el apoyo logístico y financiero de los Estados Unidos.

Se trataba de una isla al sur de Miami que pasó del dominio español al norteamericano a través de regímenes autoritarios. Su industria, concentrada en la caña de azúcar enriqueció abismalmente a los terratenientes. El padre de Fidel, un español que emigró a Cuba era uno de ellos. Luego del triunfo de la revolución del 59, Fidel expulsó a los norteamericanos que ejercían el control de la tierra y la repartió entre los colonos cubanos. Las tierras de su padre también fueron repartidas al igual que las de los demás terratenientes.

Dignidad de un líder que no traiciona sus principios y que no negocia sus valores. Dignidad de un pueblo que, a pesar de estar al otro lado de Miami, siempre resaltó otras formas de riqueza, diferentes al gran consumo capitalista norteamericano. Esto representa Cuba y por supuesto, esto se debe a las acciones de Fidel.

Cuando entró triunfal a La Habana, al lado del “Ché” Guevara y Camilo Cienfuegos, aquel 1 de enero de 1959, Fidel nunca le dijo a su pueblo que lo que estaba pasando era el triunfo del socialismo en la isla caribeña. Guardó mesura y fue diplomático. Quizás para no alarmar desde ese momento a los gringos.

Cuba es el único país en América sin desnutrición infantil según la UNICEF, también es declarado paraíso internacional de la infancia por la misma entidad; presenta la tasa de mortalidad infantil más baja en América y posee 130.000 médicos graduados desde 1961. Su sistema de salud es un ejemplo para el mundo según la Organización Mundial de la Salud (OMS) y su sistema educativo es el mejor de América Latina, ya que es el país que más destina recursos de su PIB a la educación.

El 54% de su presupuesto es destinado a los servicios sociales. Pudo eliminar la transmisión del VIH de madre a hijo y ha liderado misiones humanitarias en África, España y América Latina. Por eso es que en la isla ubicada al sur de los Estados Unidos la concepción de riqueza se mide de otras formas. No desfilan Mercedes Benz por sus calles y la gente no tiene un iPhone o un Smartphone para comunicarse con el mundo, por eso es que algunos han migrado hacia el norte. Siempre va ser llamativo el espectáculo publicitario ejecutado por Mc Donalds y Coca Cola en todos los rincones del mundo.

Ahora, luego de 90 años de vida y 650 intentos de asesinato, Fidel Castro fue uno de los personajes más amados y más odiados en la historia moderna. Por mi parte me quedo con la versión de los humildes: la de los médicos que combatieron el ébola en África y la de los estudiantes de la Universidad de La Habana que lloraron la partida del caudillo el pasado sábado en su ejemplar alma mater. Me quedo con la versión de los norteamericanos del Bronx que lo recibieron como un héroe en abril de 1959.

Aquí pensaban seguir

diciendo que los rateros,

forajidos bandoleros

asolaban al país

Y seguir de modo cruel

con la infamia por escudo

difamando a los barbudos…

y en eso llegó Fidel

Estrato de la canción “Y en eso llegó Fidel” de Carlos Puebla.

 

De la revolución al régimen

Marco Tulio López

El momento en el que el nacionalismo cubano se fusionó con socialismo es debatible, lo evidente es que la revolución acabó adoptando a lo criollo el modelo político de la Unión Soviética. Los regímenes de partido único han sido común denominador en los países que optaron por la vía socialista después de sus respectivas revoluciones.

Cerrado el ciclo, reconocemos que los países del bloque socialista no desembocaron en proyectos democráticos porque a) sucedieron en sociedades autocráticas, es decir, sociedades que poco o nunca conocieron la democracia, y b) el enfrentamiento intelectual entre el liberalismo occidental y el proyecto socialista hacían ver la democracia como un mal burgués.

En este escenario, debemos reconocer que a pesar de que estos proyectos se desarrollaron en sociedades fuertemente autocráticas, no hay excusa para no haber dado margen por lo menos a las libertades que promulgaban los intelectuales marxistas.

Entonces, ¿en qué momento un proyecto político libertario devienen en, ciertamente su contrario inmediato? Podemos hablar de las condiciones locales e intelectuales, como se mencionó en los puntos A y B, pero también de las condiciones globales, como el embargo de Estados Unidos a la isla y la caída de la Unión Soviética.

Es justo aquí donde dos vértices no se encuentran a la hora de juzgar el legado de la Revolución Cubana y Fidel Castro: Cuba es una dictadura o es una revolución constante, pero no ambas cosas a la vez.

Para quienes ven en Cuba una dictadura, el ocaso dialéctico de una revolución, un estado ineficiente e idólatra con el líder, el legado de Castro en la historia es equiparable al de Stalin o los dictadores neoliberales de América Latina después de la Segunda Guerra Mundial.

Para quienes ven en Cuba un ejercicio revolucionario, una inspiración, una lucha –con muchas atrocidades– que aún no acaba, Castro es, en la épica típica latinoamericana, “un libertador”. Un éxito comunitario pues “se hace mucho con poco”, dejando de lado que la prosperidad económica tampoco abandonó a las dictaduras de Pinochet o Franco.

La épopeya del héroe de revoluciones antirracistas en África, la de misiones de médicos en el mismo continente y Venezuela, la del enfrentado a Estados Unidos sin nunca rendirse, la de dignidad latinoamericana…

Aquí podemos ver que siempre se encuentran dos visiones sobre el proceso y el líder; así como en Colombia pasamos la épica de Simón Bolívar como la de revolucionario un liberal, en Venezuela pasa la de un hombre emancipador, “libertador”.

De esta manera el ocaso de la revolución hacia el régimen nos pasa una factura negativa en libertades, derechos humanos, civiles, políticos y bienestar económico. Está más que claro que el recorte de derechos y libertades en Cuba es funcional al régimen, y restó todo potencial emancipador y libertario a la Revolución.

La persecución de la oposición, de la disidencia o del pensamiento distinto se percibe en las cárceles y hasta en las bibliotecas donde solo hay lecturas revolucionarias y de corte marxista. No suena muy “libertador” no tener la posibilidad siquiera leer a Rousseau en el Caribe… así sea por el mero ejercicio de contrastar.

Tampoco parece muy emancipador que el Partido viva en una práctica abiertamente de “derechas” en frente de la sociedad cubana porque, vamos, no caigamos en la ingenuidad de pensar que los dirigentes del partido la pasan igual de mal que el resto de cubanos. A lo “derechas”, el partido va de elitista económico y populista cultural en una sociedad que hace mucho con poco.

A estas alturas debemos hacer el ejercicio de honestidad de aceptar que parte de la causa por la cual los cubanos la pasan tan mal es el embargo económico que pesa sobre la isla. En un acto abierto de venganza por la derrota sucesiva de controlar la isla, Estados Unidos sostuvo y sostiene relaciones más que amistosas con dictaduras incluso peores que la cubana.

Es de aplaudir que aún con poco, el Régimen sostenga como prioridad el gasto sanitario para los cubanos y especialmente la primera infancia, así como la educación y los servicios públicos. Claramente esto no es suficiente, de lo contrario más de un millón de cubanos no se hubiesen lanzado al infestado de tiburones canal de la Florida –animados también por el estatus político que les ofrece Estados Unidos– a buscar oportunidades más allá de las que muchas veces ordena el Partido. El exilio cubano en Estados Unidos equivale aproximadamente al 17% de la población actual de la isla.

Claro está, el dilema de la humanidad se encuentra en sus constantes contradicciones. Así como Cuba acabó siendo la contradicción de la emancipación y la libertad, Colombia se proclama un país de iguales en montones de miseria y una democracia fratricida.

Pero rechazamos en Cuba la imposibilidad de cuestionar las cosas por un estado fuertemente policivo y castigador, la imposibilidad de elegir incluso entre los inamovibles líderes de un mismo partido estático, la imposibilidad de pensar distinto porque está prohibido incluso leer lo distinto, la imposibilidad de hacer arte y música sin que sea “revolucionario”, la imposibilidad de ser homosexual sin el permiso del partido y de que, dadas las condiciones históricas de una derrota económica pero no política, los líderes hayan optado por el egoísmo sostener el Régimen antes que desfallecer ante “el imperio” sometiendo a millones de cubanos al hambre, el atraso y al racionamiento, llevando a la isla al típico baluarte caribeño de servicios turísticos y prostitución.

Podemos acusar a Colombia de muchas cosas, de ser un país homicida, de doble moral, violento e intolerante,  y de hecho debemos hacerlo, pero también debemos ponernos a cuestionar el hecho de que, si bien somos a duras penas una democracia liberal, somos un país menos violento e intolerante de lo que fuimos hace cincuenta o veinte años.

Y es aquí donde radica una enorme diferencia entre los países autoritarios y los liberales o los que medianamente lo son: la capacidad de ampliar sus derechos políticos sin renunciar a su ordenamiento.

A Cuba le esperan tres duras transiciones: una política, pues, ¿seguirá siendo Cuba la misma sin Fidel?; una demográfica pues Cuba es el país más envejecido de América Latina; una económica porque la necesita y debe lograrla de manera que no lance a millones de cubanos dependientes del estado a la pobreza.   

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