Desde que en el tráiler se veían imágenes de las coloridas casas jericoanas, y mujeres solas frente a la cámara, podía saberse que no se estaba frente a la típica película colombiana, que no hace mucho más que reproducir estereotipos. Jericó, el infinito vuelo de los días hace parte de ese “boom” de cine colombiano que viene desarrollándose desde hace varios años y que nos está ayudando a contarnos como país desde otras narrativas.

La película de la directora antioqueña Catalina Mesa, inspirada en su tía abuela Ruth Mesa, busca rescatar y celebrar lo que se ha denominado “el espíritu femenino antioqueño”, a través de la historia de ocho mujeres jericoanas, quienes desde sus vivencias más íntimas, nos abren la puerta a una mirada femenina del mundo, que no está atravesada por los clichés que el patriarcado ha implementado en la sociedad, y por la forma como el cine nos ha  narrado históricamente, y que por el contrario, resalta la matronería, la alegrìa, la tenacidad y la resiliencia de las mujeres antioqueñas.

Las formas de entender la vanidad, la belleza, la sensualidad, el amor, el sexo, la vida, y la muerte de mujeres rurales, que superan los cincuenta años, se entrelazan de una manera muy sutil con historias sobre cómo problemáticas sociales como el racismo, el clasismo y el conflicto armado, atraviesan todos los días sus vidas. Es aquí, donde está el valor de esta cinta, ya que escuchar hablar sobre estos temas, justo a estas mujeres, deconstruye muchos imaginarios profundamente instalados: que son temas solo de hombres, o en el mejor de los casos de mujeres jóvenes; que las mujeres antioqueñas no se salen del molde de la sumisión a la Iglesia o a sus maridos, entre muchos otros.

Porque hay que apoyar el cine colombiano, porque pasa con creces en test de Bechdel, porque cuenta la historia de las mujeres desde ellas mismas, y sobre todo, porque es una oda a la existencia y la resistencia de las mujeres antioqueñas, hay que ver a Jericó, el infinito vuelo de los días.  

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