Ya va a ser un mes del estreno de la nueva película de Víctor Gaviria , “La mujer del animal” y como cualquier película del cineasta ha despertado polémica. Gaviria que a lo largo de su obra se ha dedicado a poner en la pantalla la Medellín de los olvidados, esta vez no ha dejado de lado este estilo pero ha incursionado en un matiz diferente.

Las violencias urbanas, sin duda, han sido protagonistas en los filmes del director, y es incluso un elemento en esta ocasión también, pero no es el que atraviesa el relato, este es más bien el caso de la violencia de género. “La mujer del animal” es una película basada en la historia de Margarita Goméz, una mujer que vivió su juventud, en la Medellín para entonces también olvidada de los 70, con un contexto de exclusión y pobreza en un barrio de invasión de la ciudad. Su vida se vio truncada por la aparición de “el animal” un hombre involucrado en la delincuencia común de entonces que iba desde “escapear” hasta violar mujeres en territorios apartados de la ciudad.

Ante esta confluencia de fenómenos, las vidas de las mujeres, en este caso Margarita, se enfrentan a amenazas que tienen todas las condiciones para prosperar: desprotección, ausencia del estado, marginalidad, pobreza. Y “los animales” cuentan con las condiciones dadas para llevar la violencia contra las mujeres a niveles absurdos. Eso es lo que vemos en la película de Gaviria, una serie de hechos que involucran a Amparo, a través de quién vivimos la historia de Margarita, en ataques, maltratos y humillaciones cada vez más profundos y dolorosos, un nivel de abuso que supera cualquier situación que se nos pueda ocurrir.

A pesar de que la violencia de género está en boga en el país por casos como el de Juliana Samboní y recientemente, Kelly Villamizar. La historia de la película parece haberle caído como un balde de agua fría a los espectadores. En conversaciones con su director, por supuesto que fue advertido por allegados de las implicaciones de retratar la violencia contra las mujeres de manera cruda, sin embargo, siendo este un problema presente, consideró su tratamiento pertinente y ajustado a la realidad.

Pero el público colombiano es escéptico. Una de las discusiones a las que ha dado lugar la película es que el filme haya sido tratado, según algunos espectadores, “de manera plana”. En un conversatorio en Cali uno de ellos le reclamó al director momentos de descanso, matices, que en otras de sus películas se experimentaron a través o de la música o de alguna trama alegre e incluso cómica. Pero la verdad es que “La mujer del animal” es una bola de nieve de terror que no la ataja ningún árbol cuesta abajo. Esto, se ha interpretado entonces como un rasgo fílmico de la película, un descuido del director. Sin embargo, apegado, como quiso estar Gaviria a la realidad y a la historia que escuchó de Margarita, se dedicó a materializar en cine los eventos de violencia de género “sin descansos”, porque así se vive.

Es por eso, que entre quienes más expectativa había sobre una posible reacción incómoda, las mujeres, es entre quienes más ha habido un respaldo a este tratamiento. La violencia de género no tiene porqué ser maquillada, no es ningún secreto que incluso llega a niveles fatales como el feminicidio. Pero el espectador masculino se enfrenta a una diatriba insoportable mentalmente, ese animal puede ser él, el terror producido por Libardo, “el animal”, es potencialmente susceptible a cualquiera, incluso a mujeres que impávidas presencian estos hechos con absoluta indiferencia.

Pero entonces, esta posibilidad, la de ser, haber sido o poder ser un animal, carcome el pensamiento del espectador, termina por hacerlo buscar desesperadamente otra explicación: no puede ser posible. No puede ser posible que una mujer no tenga escapatoria a este terror, no puede ser que un hombre sea el responsable de todo ese abuso. Entonces, lo más cómodo es o negarse a ver la película, también amparados en un estilo de cine que no los representa, o salir de la sala desmintiendo todo lo allí ocurrido.

La misma Medellín que no cree en la otra Medellín olvidada, la que vemos en la película con condiciones insalubres, con desnutrición, con cero entornos protectores, con un Estado  ausente, es la que nos va a enseñar ahora en qué violencia hacia las mujeres creer. Ambientada sí, en un barrio de los 70, pero rodada en un barrio de invasión de hoy, con condiciones similares socialmente en términos de exclusión e incluso, violencia.

“La mujer de del animal”, al mismo tiempo, se juega una batalla contra el tiempo cada semana, saliendo de cada vez más exhibidoras. El life action de “La bella y la bestia” le ganan en taquilla y parece ser una explicación muy patológica del espectador colombiano, el final feliz como derrotero, la otra mejilla a la realidad hecha película.

La incredulidad nos ha hecho ignorar que en los barrios de invasión de esta ciudad las personas se pelean por un plato de comida, que la realidad urbana de Medellín no es la del urbanismo social, que a las mujeres sí las violentan a esos niveles y quizás peores. La incredulidad nos está costando nuestro sentido de la realidad, los proyectos de nuestro cine, la vida de las mujeres.

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