Para no empezar por los resultados electorales, habría que iniciar por el estado ideológico de la izquierda colombiana. Incluso empezando por ahí, es necesario decir que izquierda y derecha son conceptos ciertamente vacíos, no dicen mucho de un proyecto político como lo dicen la palabra “comunista” o “liberal”, que ubican un proyecto o ideario político concreto.

Pero sabemos que hay movimientos de izquierda, sean los que sean. Ahí ubicamos partidos y organizaciones tan distintas como el Polo Democrático, el principal partido de izquierda, Marcha Patriótica, la Unión Patriótica, Progresistas y, dentro de poco en la vida civil, el partido político de las FARC.

Hasta hace poco los resultados electorales de la izquierda en el país eran los del Polo, ostentaron la alcaldía de Bogotá varios años y le disputaron la presidencia a Álvaro Uribe en 2006. Luego una nueva izquierda, con Gustavo Petro fuera del Polo, volvería a gobernar Bogotá. ¿Y ahora qué?

La historia de la izquierda en el país es catártica, del exterminio a la resistencia y de la resistencia al partido; con el ingreso de las FARC a la vida civil se esperaba una reconfiguración de la izquierda más de fondo, pero lo que ha ocurrido es una reconfiguración de la izquierda más en la forma.

Bastó con ver la marcha del 1 de mayo para confirmar que es así. La mayoría de la izquierda –al menos la movilizada– aún cree que la clase obrera todavía trabaja en las canteras, minas, fábricas, cultivos, acerías, etc. y hace parte de un sindicato, cuando en realidad lo hacen en supermercados, oficinas o call centers, por ejemplo; y los primeros ven en los segundos un adversario acomodado cuando en realidad lo que no han entendido es que la categoría de “clase” es lo que ha cambiado.

Así, ¿cuando hablamos de clase, a qué nos referimos exactamente? Depende de donde se vea: para la derecha, es un concepto fraccionario y comunistoide; para las izquierdas, clase y conciencia de clase apelan a una forma de hacer colectivas ideas y situaciones comunes que generan consensos alrededor de un proyecto político común.

Por eso resulta extraño ver un discurso alrededor de lo que es clase tan fraccionado entre la izquierda colombiana, en parte porque la izquierda ya está muy fraccionada en cacicazgos y por ello cada una tiene sus preocupaciones.

El Polo, que en un ejercicio de honestidad debería cambiar su nombre a MOIR, como el partido de izquierda parlamentario más importante del país centra su accionar en hacer oposición al proyecto económico neoliberal hegemónico, que no está mal, pero discurso de clase como tal no tiene. Mientras que Progresistas está más preocupado por la reputación de Petro y las FARC en defender la revolución bolivariana.

Ideológicamente hablando, estos tres movimientos, el MOIR, Progresistas y las FARC ofrecen cosas muy distintas: el MOIR una especie de neodesarrollismo burgués nacionalista, a lo Lula da Silva en Brasil; Progresistas un progresismo más interventor y fortalecer –o crear– el estado de bienestar; mientras las FARC, como han vocalizado, una suerte de chavismo a la colombiana. No faltaba derrotar militarmente a las FARC sino darles un micrófono para que defendieran al chavismo y se hiciesen aún más impopulares.

Paradójicamente, quienes han resultado teniendo un discurso de clase como tal son las FARC con sus muy inteligentes pautas y publicidad en internet, apelan al colombiano promedio afectado por la corrupción, la mala calidad de los servicios públicos y la injusticia social.

Es decir, un discurso de clase no apela necesariamente a una condición socioeconómica específica, como se apelaba antes a la clase obrera, porque la clase obrera fue una condición histórica única de los siglos XIX y XX; un discurso de clase efectivo apela a que la gente se sienta parte de algo mayoritario desfavorecido por algo minoritario o condiciones injustas impuestas por una minoría.

Y esto es así porque las condiciones sociales contemporáneas no generan posibilidades de sentirse parte de una identidad amplia como nación-religión-clase, etc., sino de identidades fragmentadas por las condiciones geográficas e identitarias, por ejemplo: LGBT, hombre, mujer, costeño, paisa, negro, indígena, feminista, etc.

Pero, independientemente de ello, todos coincidimos en condiciones transversales que nos afectan por igual como lo hacen ver las FARC, en que somos víctimas de una corrupción indolente, de servicios públicos y derechos educativos y de salubridad paupérrimos, de una tributación injusta con los pobres y generosa con los ricos y, por otra parte, esto ya no en las FARC, de una cultura machista que afecta a hombres y más a mujeres, de una desigualdad salarial injusta entre hombres y mujeres y más entre empleados y empleadores.

Las clases son una realidad sociológica incuestionable, y se ha vuelto a hablar de clase después de la crisis de 2008 y cuatro décadas de neoliberalismo porque no hay quien explique por qué el 99% se ha empobrecido y el 1% se ha hecho más rico y poderoso. Es decir, existe un interés colectivo de ese 99% en mejorar sus condiciones materiales e intelectuales de existencia que está en conflicto con ese 1%, si no fuese así, la relación no fuese 9/1 sino menor. Es el retorno a una política de clase.

Y esto es lo que ha ocurrido en Europa recientemente, tomemos por ejemplo Francia. Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon, con matices muy distintos, apelan al francés promedio precarizado por la globalización y la falta de soberanía que trajo consigo el proyecto europeo, donde la mayoría de franceses han perdido buena parte de sus derechos y bienestar mientras una minoría, dígase Alemania, Frankfurt, Bruselas o el establishment, deciden o intervienen en los presupuestos, la política y la economía. Ese es el relato, sumados obtuvieron el 41% de los votos, Le Pen el 21,3 y Mélenchon el 19,6%.

Entonces, ¿cómo es que esto no está en el discurso y proyecto político de la izquierda colombiana?, es decir, está presente en las FARC, pero su defensa del chavismo seguro no les hace electoralmente rentables en la vida civil. No se puede perder esta trasversalidad ni dársela a los extremistas de derecha como ocurrió en Europa con Le Pen o Wilders, donde el discurso de clase ahora es ya de ultraderecha, que es algo que están intentando el uribismo y Alejandro Ordóñez.

Mientras el Polo y Progresistas piensan en lo macro, olvidan mucho lo micro, las pequeñas cosas que pueden transformar la vida de personas en el día a día. La precariedad laboral en Colombia es tal que con mejores condiciones contractuales se puede mejorar aunque poco la vida de millones, pero vamos, que es el neoliberalismo y la opresión estadounidense.

Pero también hay que reconocer la labor de la izquierda en el proceso de paz, se la han jugado por el proceso de paz incluso en sus momentos de menor popularidad en las encuestas. La UP, después de la candidatura presidencial conjunta con el Polo, ha continuado con su labor de memoria en el país.

Mientras nos venden como fracaso-capitalista-de-gestión-neoliberal países como Estados Unidos y Francia donde el gasto público supera el 40 y el 50% del PIB respectivamente y la pobreza es menos del 20%, Colombia es un éxito por un gasto del treinta y tanto por ciento y una pobreza que supera con creces ese porcentaje.

Comentarios

comentarios