Puesto que los censos de población en Colombia son bastante irregulares, y como el DANE tampoco tiene permitido preguntar a los colombianos qué fe profesan porque hace parte de su esfera íntima, las cifras sobre poblaciones religiosas en el país pueden ser bastante inexactas.

Pero esto no significa que nadie ha intentado medir con cuántos creyentes se bandean las distintas religiones profesadas en el país. En 2010, el Pew Research Center de Washington estimó que más del 82% de la población del país es católica, es decir, más de 38 millones de personas, incluidos los ritos latinos, maronitas, etc.

El resto de la población se presume en su mayoría cristiana, principalmente evangélica-pentecostal, pero en Colombia también hay grupos de mormones, testigos de Jehová, musulmanes, judíos, religiones indígenas, ateos, agnósticos o simplemente personas no religiosas. De manera que la diversidad religiosa es tan amplia como puede pensarse.

La libertad religiosa en el país está más que consagrada y ha existido –con tensiones– desde hace siglos. Desde 1991, derogada la confesional constitución de 1886, las sectas pentecostales han ido creciendo año tras año y feligrés tras feligrés. Pero su potencial religioso y político quedó en evidencia apenas este año.

Los pentecostales fueron clave, sino decisivos, a la hora de movilizar el voto a favor del No en el plebiscito del 2 de octubre; pero también en las movilizaciones contra la infausta cartilla de educación sexual del Ministerio de Educación, e incluso contra la misma Gina Parody. El país quedó perplejo ante su poderío político.

Esto hace necesario pensarse el espacio conservador que han ido llenando los pentecostales en la política colombiana, como ejemplo de la brasilera. Es factible afirmar que, así como el catolicismo ha sido una fuerza decisiva en la política colombiana, también ha estado inmersa en la transformación de la sociedad colombiana.

Y es que, lógicamente, al ser Colombia un país mayoritariamente católico, esto solo puede significar que la transformación de la sociedad ha ido de la mano de la transformación de su catolicismo.

La abolición de la esclavitud, el voto femenino, la contracepción, la reducción del tamaño de las familias, el liberalismo, el conservatismo, el federalismo, el centralismo, la inmersión de las mujeres en el mercado laboral y en la educación, la despenalización específica del aborto, la derogación de la constitución de 1886 y el nacimiento de la Constitución de 1991, la multiculturalidad, las izquierdas, las derechas, la despenalización de la homosexualidad, los nuevos partidos políticos, la llegada de los judíos, de los árabes, de los musulmanes, etc., todos son fenómenos ocurridos bajo la mayoría católica, pero también lo son la guerra y la violencia.

Esto no significa que el catolicismo no haya puesto trabas y resistencia a estos cambios, al contrario, fue uno de sus mayores oponentes, incluso bajo la confesional constitución de 1886; sino que todos esos cambios ocurrieron “a pesar de”. Es decir, independientemente de su resistencia, y de una sociedad profundamente católica, la liberalización de la sociedad colombiana ha acontecido inmersa en un catolicismo muchas veces institucional.

Ahora, esto tampoco significa que los católicos y los pentecostales no tengas agendas ciertamente comunes, sobre todo en lo que refiere a temas como el aborto, los derechos civiles LGBT, las drogas, la familia y algunos derechos de las mujeres; sino que actualmente los asumen de manera bastante distinta.

El punto central viene a ser que, a raíz de que todos estos cambios han acontecido bajo el manto de la mayoría católica, los pentecostales han ido adquiriendo y ocupado una suerte de credibilidad casi monopólica de crítica conservadora y religiosa del “sistema”. Y no solo han cedido ese monopolio los católicos, sino que, una vez la democracia superó el desafío del comunismo histórico como crítico del sistema, las agendas ultra conservadoras y críticas del sistema tenían que ser lideradas por alguien.

Y vaya liderazgo. Los pentecostales han demostrado no sólo ser una numerosa comunidad religiosa, sino una organizada comunidad política a pesar de las más de mil iglesias que la conforman en el país. Y esto no es algo que podríamos decir del catolicismo en el país, pues si fuese así, no tuviésemos un escenario político tan diverso muy distante de mayorías electorales; es decir, puede hablarse en teoría de un voto pentecostal, pero no de un voto específicamente católico.

Como pudo verse en el juicio político realizado a Dilma Rousseff en el Congreso de Brasil, para los pentecostales política y religión son una; por ello, la politización de los llamados evangélicos en Colombia ya es evidente. El caso del catolicismo es distinto, la mayoría católica del país es tan diversa como el país mismo.

Los pentecostales se han definido dentro de una agenda, digamos, a lo Tea Party republicano: anticomunista, antichavista, anti-izquierdista, anti liberal, anti LGBT, conservadora, latifundista, bastante neoliberal que además propende por la reducción de los impuestos y la austeridad estatal. Una tendencia de la que, por cierto, se ha ido alimentando el uribismo.

Como se dijo anteriormente, esto no quiere decir que se trate de una agenda incompatible con la católica, sino que no es representativa del catolicismo colombiano como tal, pues dentro del catolicismo han cabido todas las tendencias políticas –y hasta religiosas–; por el contrario, entre los pentecostales es notoria una fuerte derecha cristiana.

Por ello no es extraño que dentro de la Iglesia Católica quepan fenómenos diametralmente distintos como el Opus Dei y el Papa Francisco o Francisco de Roux.

Ahora, tampoco hay que caer en el determinismo de que todos los pentecostales son de esta manera, pero es una aproximación a su característica movilización política y electoral.

En conclusión, esta es la nueva realidad política y religiosa del país, una mezcla que, como bien sabemos, suele terminar en desmanes contra las minorías y grupos no tan minoritarios, como las mujeres, pero que padecen condiciones de minoría.

Como siempre, los problemas de la democracia y del Estado social de derecho se resuelven con más democracia y más Estado social de derecho. Aquí cabemos todos, así no creamos en las mismas cosas.

1Con “comunismo histórico” Norberto Bobbio hace referencia a la caída de los regímenes y modelos comunistas que acabaron con el fin de la Unión Soviética en 1991 y el vuelco capitalista de China en la década de 1980; que no es de ninguna manera la desaparición del sistema de pensamiento comunista como tal.

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