Tal como surgió Donald Trump de las cenizas de los partidos Demócrata y Republicano, surge Silvio Berlusconi de las cenizas del decadente sistema político italiano posterior a la II Guerra Mundial.

El año era 1992, en una frenética operación judicial los políticos más importantes de Italia son descubiertos ante la sociedad italiana como parte de una entramada red de corrupción que acabaría con los principales partidos políticos: el Partido Socialista y el partido Democracia Cristiana, implicado también de tener nexos con la camorra. A este proceso se le llamó Manos Limpias (Mani Pulite en italiano) y su líder era el magistrado Antonio Di Pietro (vale un paralelo a Lava Jato en Brasil y el juez Sérgio Moro).

Alrededor de 5.000 funcionarios públicos estaban bajo sospecha de corrupción y cerca de 4.000 fueron interrogados, la mitad del parlamento alcanzó a tener cargos por corrupción, más de 300 concejos y asambleas locales fueron disueltas por los mismos cargos, más de 30 de los investigados se suicidaron. El total de sobornos para adquirir contratos y concesiones con el Estado superó los 4 billones de dólares en los 80s. Ahí acabó la I República.

De esta debacle surgiría impoluto Silvio Berlusconi como el salvador de Italia en 1994. Forza Italia, la plataforma antipolítica de Berlusconi, gana las elecciones en alianza con la extrema derecha e iniciarían así las dos décadas en las que il Cavaliere gobernó Italia con astuto marketing y negligencia económica.

Berlusconi se presentó ante los italianos como un anti-político, anti-establishment, un astuto magnate de los negocios, gestor, ejecutor y hombre de mujeres. Il Cavaliere no era un desconocido para los italianos, como tampoco lo era Trump para los estadounidenses, fue parte y corruptor del sistema político italiano, aunque saldría –contrario a sus colegas– sigilosamente por la trastienda.

La revuelta anti-establishment italiana no fue más que la instauración de una plutocracia. Berlusconi buscó –con probados sobornos– hacerse con la mayoría de la televisión privada italiana, reformar leyes, disminuir penas o despenalizar delitos, favorecer a sus amigos millonarios, desdoblar opositores y sostenerse en el poder hasta que fuese tan viejo como para no poder ir a la cárcel.  

Aunado a su plutocracia, el berlusconismo gobernó dos décadas con marcada misoginia, sexismo y xenofobia; hablando “desde arriba” a las clases medias y populares en un lenguaje “que entendiesen”, como si Berlusconi fuese uno de ellos gobernando. Italianissimo.

Hablando siempre de inmigrantes, seguridad, fútbol, televisión y mujeres, moldeó la televisión y el fútbol italiano –ambos suyos–  a su personalidad. Populismo a varapalo. Se amasó un electorado constante, tanto que es imposible hablar de la Italia contemporánea sin hablar a la vez de Il Cavaliere. Fueron dos décadas de una Italia a la medida de Berlusconi, o viceversa, o complementos.

Si el paralelo entre Berlusconi y Trump no se hace ya lo evidentemente claro, hay que profundizar más en sus parecidos. De un ambiente de amplio descontento político, proclamándose salvadores de los valores originarios, contra el establishment, contra la política tradicional, contra la corrección política, contra el liberalismo, la inmigración que no es blanca y Occidental, el multiculturalismo, etc., también surge Donald Trump.

De esta desregulación mediática, verdades alternativas que llaman, se alimentan peligrosos personajes que alimentan la división y el autoritarismo, inclinados al neoconservadurismo siempre listos para cubrir sus malos pasos con el discurso de la “persecución política”, como Il Cavaliere, Trump y Álvaro Uribe. Simplemente se apuntan a la respuesta vacía, “they will pay for the wall, trust me, they –the Mexicans– will”.

En la radicalización del neoliberalismo post crack de Lehman Brothers la desigualdad aumentó brutalmente y el terremoto político que significó el Tea Party alineó consigo a la nueva derecha norteamericana que sentía que el Partido Republicano era ya muy liberal y pro-globalización, y que ambos partidos tradicionales habían llevado lejos el multiculturalismo desdibujando el país blanco protestante de las ciudades, y también que la globalización y la desindustrialización les habían dejado detrás.

Es en ese sector del electorado, mayoritariamente blanco, donde Donald Trump surge precisamente de las cenizas del establishment demócrata y republicano, quienes inmolándose tuvieron su momento República de Weimar eligiendo a Hillary Clinton como su candidata y no a Bernie Sanders, que es el sentimiento anti-establishment opuesto a Trump. Los republicanos por su parte insistieron en apoyar a otro Bush, otro tradicional, en este caso Jeb, que como alerta temprana e ignorada por los demócratas, fue el primero en salir de la contienda.

Berlusconi venció, como Trump, a los candidatos mejor preparados de su país, aún entre escándalos de corrupción, misoginia y prostitución; fue contra los medios tradicionales como Trump e impuso sus “verdades alternativas”. Gobernó con marcada improvisación el país, pero como maestro al il Popolo.

Mientras los neoliberales progresistas, conservadores y medios tradicionales ven con estupor las primeras semanas del gobierno Trump, se hacen con superioridad moral “europea” como si la era Berlusconi estuviese lejana en el tiempo, como si las fronteras europeas no estuviesen cerradas ya a los refugiados, o como si el gobierno español del Partido Popular no estuviese hasta los tuétanos de escándalos e investigaciones de corrupción.

Sin embargo, no hay plazo que no venza, se sale de Luis XVI como se sale de Robespierre dice Victor Hugo, con urgencia de respirar… o de no perder la cabeza; tomó a Italia dos décadas salir de la era Berlusconi, esperemos que a los estadounidenses, dueños de un país mucho más importante, no les tome tanto, hoy por el bien del mundo.

Tampoco olvidemos que a Berlusconi le venció dos veces Romano Prodi, un candidato y político tradicional mucho más aburrido y menos entusiasta. Estamos a la espera de un Prodi yankee o de que Sanders o uno parecido haga lo suyo.

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