La escasa luz de la luna menguante se asemeja a un ojo cerrado que sueña apacible en el firmamento tras la pesadilla del tronar de los fusiles. Pensarlo así le da sentido a priori a la enérgica proclama de paz que el presidente Santos haría horas más tarde durante la ceremonia de la firma de los acuerdos: “¡Cesó la horrible noche!”, exclamaría el mandatario. Son las 4:30 a.m. del lunes 26 de septiembre. Decenas de hombres y mujeres vestidos de blanco nos agrupamos cerca de la Estación Industriales del Metro.

Las delegaciones de paz de Antioquia y Chocó hemos llegado al lugar de encuentro antes de tomar vuelo con destino a Cartagena de Indias y el tema de conversación no puede ser otro: ¡Por fin, ha llegado el día!

Los rostros de los miembros de organizaciones de víctimas, defensores de derechos humanos, gestores de paz y medios de comunicación reflejan entusiasmo. Se respira optimismo. Muchos, ansiosos, cuentan que no pudieron conciliar el sueño. La hora se acerca.

Hemos llegado a la base de la Fuerza Aérea Colombiana en Ríonegro a eso de las 7:10 a.m. Allí nos embarcan en un avión “Hércules”, pero tras una revisión de rutina se advierte una falla en el motor que nos obliga a descender a los 65 delegados. Opto por tomarme un café mientras nos asignan otro vuelo y converso con otros invitados para tener una noción de las apuestas territoriales que estarán presentes en la ceremonia.

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Mientras recorremos los hangares me cruzo con Esaúd Lemos Maturana, representante de la Asociación de Desplazados Afrodescendientes del Chocó (ADACHO), quien a pesar de tener un semblante recio confiesa estar esperanzado por el primer paso que darán hoy las FARC y el Estado. Aunque se declara escéptico frente a la consolidación real de la paz en su territorio. Desconfía especialmente por las garantías de seguridad de los pobladores que reclaman sus tierras en Riosucio, Bojayá y otros municipios aledaños.

Esaúd teme que esta sea una paz mediática. Chocó ha enfrentado durante varios años y en los últimos meses con mayor crudeza la persecución de reductos paramilitares y demás grupos armados ilegales que siguen amenazando y asesinando a quienes exigen los predios que les pertenecían antes de que la violencia arreciara. Chocó aún enfrenta la inequidad, la exclusión y la pobreza extrema. Chocó necesita creer en que esta paz llegará con justicia social y reparación integral. Colombia clama por el cumplimiento a cabalidad de los acuerdos tal y como están consignados en el papel.

Son las 12:15 del mediodía y tras una serie de retrasos logísticos podemos al fin abordar un avión “Atlas” que nos llevaría hasta el Aeropuerto Rafael Núñez de Cartagena.

Yurley, una joven proveniente de Frontino, Antioquia, se abrocha su cinturón en el asiento de al lado y se me presenta con un inusitado gesto de felicidad: está contenta de que nos haya tocado junto a una de las escasas 4 ventanillas de la aeronave. Le pregunto sobre su pueblo natal, del cual conozco muy poco.

Me cuenta episodios difíciles de su adolescencia. Recuerda un carro al que le llamaban “camino al cielo” que rondaba por las calles del pueblo. Los paramilitares de la zona conducían el auto y tocaban puerta a puerta buscando a colaboradores del Frente 34 de las FARC y haciendo labores de la mal llamada “limpieza social”. Entre lágrimas se acuerda de algunos rostros de niños y jóvenes que eran empujados al interior del automóvil y horas más tarde encontrados sin vida entre los cañaduzales que surten los trapiches paneleros. Le ofrezco un pañuelo y se disculpa por no poder contener el llanto. La atormenta pensar que pudo haber evitado que se llevaran a sus vecinos sin compasión alguna “camino al cielo”.

Hemos arribado a Cartagena a las 1:30 p.m. Una intempestiva lluvia empapa a los delegados. Todos culpan al uribismo jocosamente por haber contratado a un presunto chamán. Más tarde le atribuirían también a Uribe el susto provocado a Timochenko por los aviones Kfir, convirtiéndolo en el chiste de la jornada.

Corremos desde la Torre del Reloj hasta la Plaza de la Aduana para reclamar nuestras escarapelas, la acreditación está lista. Nos preparamos para ingresar y en la fila se distinguen personalidades como Piedad Córdoba, Antonio Navarro Wolff, Iván Cepeda, César Gaviria, Horacio Serpa y otros personajes a quienes aprovecho para abordar. Me hablan sobre retos para el posconflicto con un discurso que se nota que saben de memoria.

A las 4:20 p.m. el Patio de Banderas está plagado de celebridades. Algunos invitados aprovechan para tomarse fotos con las caras del JetSet nacional y pululan los extranjeros abanicándose. En ciertos tramos me siento pisando el tapete rojo de los premios TV y Novelas. Desde las gradas, las delegaciones de víctimas de otras regiones del país gritan al unísono: “¡Sí se pudo, sí se pudo!”. Se ven felices, esperanzados.

Estaría demás repetir los halagos diplomáticos en el discurso de Ban Ki-moon, la petición de perdón y algunas afirmaciones polémicas de Timochenko o la extensa vanagloria y los fragmentos que pudieron llegar a ser conmovedores entre las palabras de Juan Manuel Santos. Más allá de eso pienso que no quiero que Esaúd sea defraudado, ni que la guerra enquiste más dolor y le arrebate las lágrimas a otra mujer como Yurley. ¡Llegó la hora de cumplirle a Colombia!

In Memoriam: desde que abrí los ojos pensé con tristeza en la ausencia de Jaime Garzón a un acontecimiento que él contribuyó a gestar con abnegación: dio la vida por ello. Su legado fue clave para llegar a este día y lograr la convicción de cuán necesario es este paso histórico. Resuelvo que Jaime nunca murió. Jaime estuvo presente en la firma de los acuerdos definitivos entre el Gobierno y las FARC.

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