En una ciudad en la que TRANSitar las calles vestida de mujer es razón suficiente para recibir la pena de muerte, incluso para las mujeres; en la que se ha llegado a un consenso sobre la necesidad de alcanzar la igualdad de derechos y oportunidades en favor de la comunidad LGBTI pero no vemos al Estado, al sistema educativo o a los ciudadanos moviendo un dedo para garantizarlo; en la que esto que acabo de decir es una vil mentira pues ni siquiera hemos llegado al punto en que los ciudadanos reconozcan la igualdad en derechos de las disidencias de género y de sexualidad; en la que los hombres deliran de poder y de deseo cada que quieren tomar a una mujer como suya, en el metro, en la oficina, en la casa; una ciudad en la que las niñas aún son educadas en sumisión, gracia y servicio mientras los niños en autoridad, fuerza y competencia.

En esta ciudad goda, patriarcal, binaria, asesina, misógina, nauseabunda… conocí a un grupo de hombres que se dedican a tejer cuerpos, conciencias, ciudad y un par de artículos más.

El Costurero de La Casa nace de un gesto espontáneo acogido por un grupo de hombres que en principio no tiene ninguna intención diferente a tejer. La experiencia, sin embargo, les ha mostrado cómo este proceso se presta para hablar de otros procesos y transformaciones por las que atraviesa la ciudad, y entienden que su quehacer le aporta a Medellín razones para que se siga construyendo de forma inclusiva.

Surge también de un esfuerzo por reactivar un espacio de ciudad: la Casa Centro Cultural, custodiada por Juan David Belalcázar P. y Carlos Mario Sánchez. Sí, custodiada, porque los espacios culturales en la ciudad tienden a desaparecer. A ellos se les ocurre la idea de iniciar un costurero para abrirle las puertas a la ciudad con una oferta cultural diferente; así se encuentran con Leonardo Benítez, profesor de manualidades, quien percibe de inmediato el valor de la iniciativa pero no sin antes señalar que Medellín está llena de costureros, a su vez llenos de mujeres.

“sentíamos que la necesidad que tenía Medellín en este momento, no era solo de un espacio para hombres que quisieran aprender a tejer, sino también espacios para empezar a hablar de otras formas de masculinidades”

Se reúnen todos los jueves en la Casa Centro Cultural, un espacio que los tejedores y demás inquilinos reconocemos como un lugar de resistencia cultural. Cuando le pregunto por este espacio a Juan David, tejedor y director de la casa, su respuesta reafirma mi percepción con contundencia:

“es una casa vieja ubicada en la calle Maracaibo, baluarte de Medellín, que se resiste a morir en el olvido o a transformarse en nueva edificación. En ella es protagonista la palabra, la música, la fotografía, las artes plásticas, el cine; siempre bajo la premisa de que mientras en ella sucedan cosas y en tanto sea protagonista de eventos de ciudad, de encuentros íntimos y académicos, exposiciones, aventuras y vivencias, seguirá viva”

Se reúnen en una casa, pero la iniciativa de los hombres tejedores está lejos de ser un asunto de puerta cerrada. A La Casa la parió la noche, por esto no ha cerrado sus puertas desde el 2004, siendo en Medellín uno de los primeros establecimientos en abrir las 24 horas;  los tejedores cruzan ese portón con agujas y lana en mano para salir a recorrer la ciudad, en un despliegue de libertad y amor por el oficio, con el único fin de habitar la ciudad y apropiarse de los espacios.

En principio una mente distraída podría pensar que un grupo de hombres tejiendo en la mitad del Parque Berrío no generan nada diferente a curiosidad. Lo cierto es que cuando el costurero se viste de calle, la ciudad reacciona y basta con escuchar testimonios sobre sus incursiones a la ciudad para dimensionar el nivel de intolerancia y discriminación que ahoga a Medellín:

“Si ven la gente cómo los mira, dicen que parecen una manada de maricas ahí tejiendo, que por qué mejor no se van a hacer otras cosas más productivas, que eso se ve muy raro aquí en el parque”.

Nuestra existencia en esta ciudad como hombres o mujeres está tan regulada, que ante la más mínima transgresión, como hombres entregándose “al oficio de una mujer” en público, genera reproche o repulsión.

Pero Medellín también es espacio de diversidad, curiosidad y tolerancia; en general los hombres se acercan, experimentan, aprenden un nuevo oficio, conversan y se conocen. Tejen. Y esta es precisamente la razón de ser del costurero, bien dice Leonardo: el tejido siempre se ha prestado para contar historias. Tejer y conversar tiene la misma importancia, aprender y enseñar se confunden”.

Para salir a la calle la primera barrera que se debe cruzar es la propia. Leonardo, con tanta experiencia en el oficio, aún encuentra difícil tejer en algunos lugares públicos; de ahí la importancia de vivir la experiencia en grupo, pues facilita el acercamiento a los espectadores y brinda respaldo a los tejedores. Sin embargo, para él todas las experiencias en la calle han sido gratificantes: “Quienes mejor reciben al Costurero de La Casa son los niños y las niñas, que libres de prejuicios, se acercan a dar ejemplo”.

El Costurero de La Casa, leído como espacio de encuentro fraterno, como taller, como conversatorio, como proceso político, como proyecto de ciudad, o simplemente como costurero, es y seguirá siendo refrescante para una ciudad que toma los cuerpos, les asigna nombre, género, cultura y oficio. Los hombres tejedores, solo con un par de agujas y lanas de colores, desafían al sistema de reproducción masiva de machotes patriarcales y nos permiten, a quienes asistimos al espacio, deconstruir nuestra masculinidad y reinventarnos como hombres.

Por mi parte, toda la vida he fracasado en la misión de ser hombre y mi masculinidad fue puesta en duda en cada uno de los escenarios que recorrí mientras crecía. Con toda la razón, porque mi identidad no correspondía con esa masculinidad homogénea, dogmática, católica, opresora, futbolera, escupidora. Ese par de güevas, con las que nací, vienen con incontables privilegios, que nos son entregados a los hombres en forma de tributos para honrar nuestra divina masculinidad; pero claramente yo nunca me las merecí, entonces ya que aprendí a tejer y que sé que no estoy solo, renuncio a ellas, y con ellas a mis privilegios. Y así, todo desgüevado, me voy para el costurero a tejer mi propio par, personalizado con lanas de colores.

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