El día jueves 12 de enero de 2017 alrededor de 175 familias del barrio de invasión Nueva Jerusalén se despertaron a enfrentar la amenaza de desalojo que hace unos días les fue enviada, y que estaba pendiente de un proceso de años atrás, tiempo desde el que las cosas aquietadas no se habían resuelto en ninguna medida. La desesperante calma de lo que se sabe porvenir pero que no termina de llegar.

Desde las horas de la mañana agentes del Estado, Policía, funcionarios públicos y ESMAD, estuvieron en esta zona cercana al barrio París de Bello haciendo lo que mejor han aprendido a hacer: atacar al mismo pueblo que son, del mismo pueblo que vienen. Pues en ello las estructuras son hábiles, y como es ya sabido, en países como el nuestro las luchas son entre los mismos, algunos pagados y en la escandalosa sensación del poder.

Al poco tiempo de iniciar el desalojo, ya se sabía de varias personas heridas, como si no fuera suficiente saberse echado, señalado y empobrecido. Sin embargo es necesario decir que las heridas son el signo de una gente que se resiste, como en este caso, que no renuncia y que reclama por parte de los Gobiernos municipales soluciones reales a una problemática que no se puede seguir resolviendo con el desalojo. Y es que para colmo son dos alcaldías las que deberían tener a este tiempo alguna solución para la población de Nueva Jerusalén.

Son estas Bello y Medellín, pues los asentamientos de esta zona competen a ambas administraciones, que por lo visto empiezan la gestión del año, aplicando las políticas neoliberales de ciudades que han sabido muy bien dar la espalda a centenares de sus habitantes, mientras relucen con etiquetas atractivas una ciudad que no es, o que al menos no es así para todos, sino para ciertos circuitos hasta donde la acción administrativa y el dinero alcanzan. Lo triste es que la mano que desaloja, que empobrece, que destierra, que hiere, esa sí, llega siempre a todos los rincones.

Es grave que sean las alcaldías de dos ciudades las que tienen parte en el tema y ninguna de las dos haya propuesto una solución real y digna para las personas que están siendo desalojadas de Nueva Jerusalén. Por lo visto es en su mayoría la administración bellanita la que está ejecutando los desalojos, mientras la alcaldía de Medellín ha hecho solo unos pocos pronunciamientos al respecto. Además, es preciso decir que se ha anunciado que estos terrenos son de alto riesgo, sin embargo no sería de extrañar que solo se trate de una manera de evadir que en realidad son terrenos de alto costo, pero que ese costo no va a ser invertido en ciertas poblaciones como las que ocupan hoy los terrenos, sino en aquellos proyectos, casi siempre elefantes blancos, a beneficio de unos muy pocos.

Las administraciones se repartirán sus culpas, ya le tocará a Medellín cuando asuma el uso de los terrenos poner también su cuota en esta historia interminable de desalojos intraurbanos donde generalmente quienes los padecen han venido moviéndose desde distintas zonas del país, corriendo de la violencia que sin duda ha puesto un precio alto, muy alto a la tierra que pisamos.

Creo que no hay que esperar mucho de ninguna de las dos Alcaldías, la de Bello, bastante cuestionada en lo corriente, tiene ahora además un Alcalde de turno que está reemplazando al alcalde electo que por los ya conocidos casos de fraude, se encuentra en casa por cárcel y le viene quedando apenas el cartón de la primaria. Lo seguro es que ni al de turno ni al electo, que vienen funcionando con las mismas directrices de las conocidas fuerzas bellanitas, les debe interesar lo que está sucediendo con la población amenazada en este momento. Y sus respuestas son las que van quedando en la incapacidad y el desinterés, el uso de la fuerza y la intimidación, formas contundentes, pero además torpes, muy torpes.

Al Alcalde de Medellín, por su parte, espero que después de que termine de arreglar su despacho en Castilla, desde donde ha sido tan popular en los últimos días, le quede un ratico para al menos pronunciarse sobre lo que está pasando en Nueva Jerusalén y responder acerca del interés sobre esos terrenos en disputa. A Federico Gutiérrez ojalá le quedara sonando su famosa frase, y fuera él, ahora, el que se portara bien con los habitantes de Nueva Jerusalén que esperan respuestas y no desalojos. A la población, solitaria, le queda por ahora la resistencia, para seguir dignificando la vida en los distintos territorios, como ha tocado y seguirá tocando, mientras los entes administrativos aprenden de pronto, algún día, a pensarse la ciudad de otra manera.

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