Esta es ya la segunda semana del transcurso de los Juegos Olímpicos, Río 2016, evento que se realiza cada 4 años y que centra la atención de la población global en torno al deporte.

En total son 213 delegaciones, 10.500 atletas y 206 comités internacionales los que participan en Río 2016. Colombia por su parte está siendo representada por 147 atletas, el máximo número de competidores alcanzados en toda la historia de los Juegos Olímpicos.

El evento que ha sido cuestionado por los altísimos costos que se requieren para su realización, sumado a los escándalos de corrupción en los que se han visto implicados funcionarios públicos y las fuertes críticas en cuestión de desigualdad por la que atraviesa el país, marcaron el contraste en los que se ve involucrado el deporte como espectáculo y el deporte como formador de identidades.

Pero, más allá de los escándalos y las críticas, el deporte nos demuestra una vez más lo que se siente que es pensarnos como nación, más allá de la región, la raza, la religión y la clase social a la cual se pertenezca en nuestra Colombia.

Enorme tristeza y rabia nos dejó, por ejemplo, la caída de Sergio Luis Henao en la prueba de Montaña; todos los colombianos sentimos en ese momento la impotencia de ver a nuestro escarabajo sentado y con los piernas peladas. Nos invadió el orgullo y la emoción esta semana al presenciar como en lo más alto del pódium y con una medalla de oro, Óscar Figueroa bañado en lágrimas coreaba el himno  de Colombia.  Se nos infla el pecho también al saber que Yuri Alvear ya sumó una plata para el judo colombiano, derrotas y victorias celebradas desde un imaginario de sentirnos una nación.

El deporte demuestra en cada competición su facultad de generar identidades tanto locales como globales. En estos momentos el mundo se une en función de los Juegos Olímpicos y todo el hemisferio se postra en Río, mientras tanto, cada país desde sus diversas realidades apoya a los suyos en las diferentes categorías y se lamenta de sus derrotas y celebra sus victorias. En Colombia la identidad que nos deja el deporte se llama país, se trata de vernos como pocas veces nos vemos identificados todos en una sola causa.

Un equipo de fútbol por ejemplo representa una hinchada, generalmente asentada en una región. Un deporte como el boxeo recoge simbologías de una isla como la cubana, mientras que, por otro lado, nuestros escarabajos no distinguen región, y representan la bandera de todo un país. De esto se trata el asunto de identidades “locales y globales”.

La globalización del deporte y sus diferentes formas de representar localidades en una competición global como los Olímpicos, hacen de este evento algo que va más allá de lo deportivo, se trata también de un intercambio cultural entre naciones que trae de la mano una promoción de la diversidad. Así, hasta en estos juegos estemos lejos de lograr tal empresa por completo.

En Río 2016 encontramos diversas razas, géneros, culturas, clases sociales y cada historia particular que en ello encarna. La diversidad de los juegos se representa en la capacidad que tiene esto de reunir a miles de personas en torno a diferentes rostros así no nos parezcamos a ellos, pero con los cuales tenemos algo en común: un color de una bandera, un gusto deportivo, una admiración profesional, un equipo. Cualquier aspecto con el que nos sentimos identificados.

En ese sentido el deporte nos ejemplifica en que consiste la competencia sana: trabajo en equipo, descentralización de las funciones, desde la gestión hasta la participación, asumir roles en un colectivo, aptitudes, actitudes, esfuerzo, dedicación y hasta armonía entre alma y cuerpo. Todo un conjunto de valores que su vez representan la promoción de paz y de convivencia.

De mucho le serviría al pueblo colombiano entender el deporte como un fenómeno de construcción de paz. Que las identidades generen competencia sana y que de allí se jalonen oportunidades para el desarrollo personal y profesional de muchos de nuestros jóvenes que verían en él, más que una carrera, un estilo de vida.

De seguro si acá se tomara en serio el deporte habrían menos jóvenes en la guerra o en situaciones de vulnerabilidad en los barrios y en el campo colombiano, como así lo demostró con las uñas nuestro Oscar Figueroa, desplazado por paramilitares de su pueblo, Zaragoza, Antioquia, y que hoy es motivo de orgullo no solo por su oro sino por sus justos reclamos al Estado colombiano; por los retos evadidos por las burocracias y las corruptelas de las instituciones colombianas, que tiene el deporte como verdadero motor de una sociedad que tiene trazado a corto y mediano plazo la construcción de una paz estable y duradera.

Una de las principales apuestas que debería jugarse el Estado colombiano, en cabeza del Gobierno Nacional y de los distintos Gobiernos  regionales, es la democratización del deporte. En Río vemos las caras del Pacífico, del Caribe, de la cordillera, de las mujeres y de los hombres, pero no es suficiente. No hemos podido equiparar siquiera una igualdad entre hombres y mujeres para con el deporte; todavía unos siguen ganando más y teniendo más representación que otras.

La democratización del deporte en Colombia no sólo significa mayor diversidad de la que nos sobra en nuestro territorio, esto también traduce la expansión del mismo a las diferentes regiones de Colombia, que aún se encuentran sin acceso a competiciones, muchas llenas de talento dentro de sus gentes y que al fin  de cuentas termina perdido en muchas ocasiones en las filas de los diferentes ejércitos armados de nuestro país.

Propuesta personal

Una salida negociada al conflicto no solo debe de significar la dejación de las armas, el silenciamiento de los fusiles y la liberación de los territorios de la guerra. También debe de traer consigo una mayor inversión en recursos sociales que se han perdido con el modelo económico neoliberal. El deporte es uno de ellos y la democratización de este en materia de recursos y en materia de planeación y ejecución en las regiones, debe de ser uno de los resultados que nos traiga la paz negociada a la cual este medio apunta firmemente.

Pensarse como la generación de la paz no es simple y llanamente apostar porque gane el sí en el Plebiscito para la paz, es también pensarse que va pasar con los territorios que va a dejar la guerra y que políticas sociales se van a implementar en estos para que de verdad haya una garantía de no repetición.

Mi propuesta está en la democratización del deporte, de sus instituciones, instalaciones y competiciones. Que de esos recursos que van a estar disponibles,  de los cuales habla el presidente Santos, se pueda utilizar una parte para tomarnos en serio el deporte colombiano, porque es mejor sacar atletas que hombres armados de un bando o del otro, sino que le pregunten a Oscar Figueroa.

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