No deja de ser ciertamente arbitrario que los hombres tengan libertad de mostrar sus pechos sin problema alguno en ciertos lugares, en este caso playas, y que las mujeres deban cubrir siempre sus pechos estén dentro o fuera del hogar. Entonces, ¿de quién son las tetas?

Que las mujeres no puedan mostrar las tetas no deja de ser un ejercicio de poder que se cierne sobre ellas, pues, ¿si ellos pueden, por qué no ellas? En las playas de Necochea, provincia de Buenos Aires, Argentina, dos mujeres tomaban el sol en topless, acto seguido bañistas del lugar llamaron a la policía.

En la discusión de “tengo tantas tetas como muchos tipos que hay acá”, tuvieron que llegar una veintena de policías amenazando a las mujeres con encerrarlas si no se cubrían las tetas o se iban de la playa. Varias personas mostraron su apoyo, otros su rechazo. Las mujeres optaron por marcharse.

El vídeo se hizo viral y fue convocada una concentración de rechazo a los hechos en el emblemático Obelisco de la ciudad de Buenos Aires. Centenares de mujeres de todas las edades con las tetas afuera protestaron para que se legalizara el topless en su país. Si esto no es un ejercicio de poder, ¿cómo es que hay una ley para prohibir mostrar las tetas de las mujeres y no una para prohibir mostrar otras partes del cuerpo? ¿Por qué específicamente las tetas?

Reclamando su derecho a ser dueñas de sus cuerpos y a decidir por sí mismas, mostrando la doble moral que tiene la sociedad sobre sus cuerpos en espacios privados, públicos y mediáticos, con cánticos y avisos se manifestaron contra la concepción de sus cuerpos como objetos ajenos a ellas mismas, propiedad del patriarcado.

Algunos hombres presenciaron la marcha como simpatizantes, incluso unos se pintaron también el cuerpo y mostraron sus pechos; otros asistieron para mirarlas, tomarles fotografías o insultarlas. A algunos se les pidió que se retirasen.

“Estar en tetas no es un delito”, gritaron eufóricas contra la ley moralizante y desigual que las priva de mostrar sus tetas según su voluntad lo desea. La carga sexual, moral y simbólica que pesa sobre los cuerpos de las mujeres es tal que tiene que haber una ley que castigue su deseo de broncearse las tetas.

Entonces, ¿de quién son las tetas? Naturalmente diríamos que son de quienes las tienen, es decir, las mujeres; hasta este punto de la historia tendríamos que hacer el ejercicio de honestidad de decir que los hombres y las leyes, la sociedad, se proclaman dueños simbólicos de ellas, castigando la imperdonable transgresión de que una mujer muestre una parte de su cuerpo sin exponerse a un peligro.

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