El Sí y el No obtuvieron cada uno poco más del 18% del apoyo del electorado, la abstención fue mayor al 60%. La polarización no toca ni a la mitad de la población del país, mayoritariamente indiferente o confundida sobre el tema, sobre la importancia de lo que se decidió el 2 de octubre de 2016.

Mientras el Sí apeló a una campaña pedagógica de lectura y académica, el No se apuntó a una campaña verdaderamente política, de esas que tienen mentiras y verdades. El resultado fue totalmente adverso para el gobierno y simpatizantes del Sí y de las víctimas, pero fortalece políticamente a un expresidente y un exprocurador con miras a 2018.

Una vez estuvo claro que el No superó al Sí por décimas, salieron caravanas celebrando el resultado y hubo hasta quema de pólvora. Celebraron que habían salvado al país de algo, que lo habían conservado para sí, como si fuese una realidad digna de ser defendida a toda capa.

En muchas de las regiones más golpeadas por la violencia paramilitar y guerrillera el Sí ganó con más del 60 y 70% de los votos, incluso 90% en Bojayá; mientras, el centro andino del país, industrializado y azotado por la violencia criminal organizada, optó en su mayoría por el No.

Cuando la Registraduría, como siempre audaz a la hora brindar resultados electorales, había contado el 90% de los votos depositados, la sensación entre los simpatizantes del Sí fue de total incertidumbre. El uribismo, después de tanto advertir un eventual fraude que realizaría la Registraduría, como vienen acostumbrados a hacer desde 2010, salió legitimándose de su limpio escrutinio; celebraban la caída de una “dictadura” luego de ganar unas elecciones.

El presidente Santos calló durante dos horas; el líder del No, el expresidente Uribe, calló dos horas más. La incertidumbre fue total y continúa, aún tras las palabras conciliadoras del presidente, de los tuits del ELN, la comparecencia de Timoleón Jiménez y la de Álvaro Uribe. No sabemos a ciencia cierta qué esperar.

El presidente dio dos partes de tranquilidad: el primero, que el cese bilateral indefinido se mantiene; el segundo, que la negociación se mantiene y está abierta a incluir a las voces del No. Por su parte, Timoleón Jiménez anunció que sigue la voluntad de paz y que creen que la vía negociada es la viable.

 

Las palabras del presidente Santos y las de Timoleón Jiménez dan, por ahora, la tranquilidad de que hay voluntad de seguir dialogando, incluso sumados a ellos el ELN y la oposición. Pero una cosa era negociar entre dos, y otra es entre cuatro… o más.

Mientras Santos y Jiménez se mostraron conciliadores y algo esperanzados, Uribe dio un discurso vago y mencionó poco su voluntad de dialogar. Su discurso fue más tipo “era esto o nada”, como de aquellos que amenaza que sin su presencia la fiesta pasa mal.

De hecho, en su discurso, Uribe, en representación también de Ordóñez, hizo ver que sus desacuerdos con el acuerdo de las 297 páginas son más semánticos y políticos que de fondo. Si su intención con promocionar el No era ser incluido en la negociación, hasta ahora parece haberlo logrado, pues el presidente Santos anunció que incluiría a “todas las voces”; pero lo cierto es que la intención de Uribe pareció ser más la de incluir la agenda de la derecha en la mesa de negociación y así iniciar la carrera a la Casa de Nariño en 2018.

Y es ahí justamente donde el desacuerdo parece más semántico que de fondo, pues entre todo lo que mencionó, seguridad inversionista, titularidad de tierras, modelo económico, la defensa de los valores de la familia desde los servicios religiosos (a lo 1886), etc., son cosas que no fueron mencionadas en los acuerdos porque nunca fueron negociadas, es decir, el modelo económico, político y militar del país nunca se puso en cuestión. Por ello la necesidad parece ser que esas cosas sean mencionadas textualmente.

Uribe compareció, con Ordóñez en la trastienda, como el salvador de la Colombia latifundista, católica y neoconservadora-Bush, anunciando de paso la agenda de derechas que pretende incluir en los acuerdos –si es que accede a ir a la mesa y si la mesa continúa–, agenda que es a la vez la que impulsará para la campaña presidencial de ese sector político.

Todo esto nos deja escenarios de incertidumbre. Uno de ellos es que corramos con la mala suerte de que las negociaciones cesen, otro es que de hecho se incluyan más voces –el ELN y la oposición, por ejemplo– en las negociaciones y estas continúen, y el último sería que, a tantas voces, surja la necesidad de convocar una constituyente.

Lo preocupante es que a pocos meses de que inicie en fuerte la campaña presidencial para 2018, todos querrán obtener réditos políticos de lo que suceda y sucederá; lo cual invita a los contendedores a hacer lecturas precisas del complicado escenario político actual.

Asimismo, este escenario con una lectura que debe hacerse “con pinzas”, una constituyente surgiría con el deseo de pescar en río revuelto, poniendo en juego el espíritu liberal y garantista de la Constitución Política de 1991, espíritu que, ante una eventual constituyente debe ser protegido ante las ideologías iliberales y neoconservadoras de Uribe y Ordóñez, que paradójicamente encuentran coincidencias políticas con las tendencias izquierdistas que acogen las FARC y el ELN en cuanto son seguidoras de las mismas tendencias que han gobernado América del Sur la última década y media, coincidiendo por ejemplo en un fuerte presidencialismo reeleccionista que no acepta cuestionamientos y ha desembocado en graves tendencias autoritarias y conservadoras.

Y tampoco podemos dejar de lado que la oposición y el gobierno, con su mesa de partidos en el Congreso, coinciden en un modelo económico dañino a ultranza con el medio ambiente y muchas veces indiferente de las desigualdades sociales, igualmente en medidas politiqueras que les sean útiles una vez se hacen con en el gobierno.

Por supuesto esto no es un pesimismo acérrimo, sino una advertencia de un posible escenario, que también puede resultar en un país más amplio una vez sean escuchadas todas las voces.

Por último, después tanto advertir el uribismo que Santos entregaría el país a las FARC, sucedió lo contrario: ha sido el uribismo el que ha dejado en manos de las FARC, ahora más políticas que armadas, decisiones de vida o muerte para el país. De manera que, en últimas, una democratización de las decisiones importantes, es decir, una verdadera inclusión de las FARC en la vida política del país, hasta ahora momentánea, pasó por manos del uribismo.

No sabemos qué va a pasar.

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