Algunos jugadores de fútbol despiertan la misma, o quizá más admiración que un actor de cine o un cantante famoso. Cuando se selecciona a los mejores exponentes del denominado “deporte rey” para representar a Colombia, suelen congregarse figuras prominentes cuya presencia conmociona aeropuertos, congestiona avenidas enteras, aglutina reporteros, camarógrafos e inconmensurable cantidad de curiosos.

Gritos, empellones; libretas, papeles y camisetas para firmar, completan la escena que materializa el fervor de los colombianos por una plantilla de peludos, o no, que se disputan el dominio de una pelota dentro de una cancha en un estadio.

Parece que en Colombia la selección de fútbol opera como un gran símbolo que materializa el “imaginario colectivo” con el que suponemos, construimos, o ayudamos a construir nación. Tesis alimentada con frivolidad por medios de comunicación que instan a depositar “todas las esperanzas” en el seleccionado patrio.

Para el intelectual y escritor martiniqués Edouard Glissant “el imaginario” es la construcción simbólica mediante la cual una comunidad, nacional en este caso, se define a sí misma. Emile Durkhein plantea, por su parte, que toda sociedad necesita recrear simbólicamente su identidad y reafirmarse como sociedad.

En un país que ha visto gradualmente desgastadas las ideologías políticas como fuentes de construcción de identidad nacional, el mundo del fútbol aparece como un espacio que desplaza viejos ideales nacionalistas y crea nuevos imaginarios que reafirman nuestra “colombianidad”. Por desgracia, se ha creado una representación hegemónica del imaginario futbolístico que, a la manera de la religión, configura una cultura del fanatismo y devoción por “ídolos” sacralizados y divinizados que actualizan la cotidianeidad de la estructura social colombiana, sobre la base de una hipervaloración de seres humanos como usted o como yo.

A esta sacralización contribuye no solo la propaganda impulsada por grupos mediáticos hegemónicos y no hegemónicos, sino el delirio desbordado del imaginario que millones de colombianos de todos los estratos sociales, encarnan en la locura colectiva ante la eminencia de la figura del futbolista hombre; poco o nada sucede ante la fémina futbolista.

En 1994, las esperanzas estaban todas puestas en la selección Colombia. La figura enaltecida de figuras como “El Pibe” Valderrama y Andrés Escobar, vaticinaba la euforia máxima para el país: el primer campeonato mundial de fútbol. Un autogol puso punto final al sueño nacional y uno de sus jugadores más queridos, y hasta poetizado “el caballero de las canchas”, fue cobardemente asesinado en Medellín.

¿Si se ama en exceso a un futbolista, por qué con tanta facilidad se llega a odiarlo hasta la muerte? ¿Por qué el imaginario del ídolo futbolístico se resquebraja tan fácilmente y cae? Se elevan jugadores a constelaciones inimaginadas para rebajar luego su humanidad hasta degradarla, eliminarla, borrarla de la faz de la tierra o de la memoria colectiva.

¿Recuerdan a Marcos Coll, Herman Aceros, Efraín Sánchez o Delio Gamboa? Tal vez no. ¡Y yo menos! Pero puedo asegurar que ellos no fueron ídolos artificiales creados por los mass media, y no posaron en calzoncillos como Ronaldo, Messi y James Rodríguez.

El diario Olé en Argentina escribió tras la derrota de la selección de fútbol en la final de la pasada copa América: “el mejor jugador del mundo” ya no merece el brazalete de capitán. En los momentos importantes no nos representa. Para Olé, en la derrota, Messi no es argentino.

Pues bien, la selección nacional no puede seguir siendo el tótem de la idiosincrasia colombiana y nuestra identidad no puede seguirse forjando alrededor de lo que hagan o dejen de hacer, dentro o fuera de las canchas, hombres endiosados a la diestra del “deporte rey” . Los futbolistas son deportistas, y los deportistas en Colombia son muchos: ciclistas, patinadores, ajedrecistas, gimnastas, mujeres, niños, indígenas, negros, mestizos, homosexuales, discapacitados, pobres, viejos, feos y un largo etc.

Y es que a todas estas, ¿quién monarquizó el fútbol? ¿Por qué el deporte rey? ¿Cuál es el deporte princesa? ¡Una soberana estupidez! Parte del sustrato cultural de la identidad nacional está perdido en la diversidad de deportistas y disciplinas a la siniestra del “deporte rey”.  

El viejo canon cliché: “el fútbol es el opio del pueblo” carece de toda validez aquí. El futbol, señores, es el éxtasis –anfetamina- de Colombia. Nos eleva en euforia y nos sumerge luego en la depresión, nos quita la timidez, nos vuelve más extrovertidos, nos da una sensación de felicidad absoluta, nos quita el sueño y nos hiperactiviza; provoca la psicosis y el delirio colectivo, alucinamos, convulsionamos, cantamos, gritamos, lloramos, reímos, nos abrazamos, nos reproducimos y al final, perdemos la memoria.

Las generaciones venideras seguirán inventando, vanagloriando y decretando la muerte de nuevos ídolos de barro con el desagravio y el olvido. Es la identidad nacional bipolar futbolera que hemos construido en Colombia.   

[1] Las comillas son del autor.

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