Elementos como la venta de ISAGEN, el pírrico aumento del salario mínimo, el escalamiento de la inflación y las importantes alzas en productos de la canasta básica, tienen al presidente Santos en la más honda de sus crisis de legitimidad, justamente en el año más decisivo de sus gobiernos: el año en el que los colombianos deben decidir si le ponen fin a más de sesenta años de guerra, con el plebiscito que aprobará -o no- los acuerdos alcanzados en La Habana.

Este escenario ha sido aprovechado por el sector ultraderechista representado por el Centro Democrático, para desestabilizar el régimen político y crear cierto clima de ingobernabilidad e ilegitimidad, que a la postre lleve a que la paz santista fracase en las urnas.

Pese a que en la campaña reeleccionista de Santos algunos sectores de la izquierda lo apoyaron, también fueron enfáticos en decir que se trataba de una cuestión meramente táctica, lo cual no significaba en ningún caso apoyar sus políticas, a las que se opondrían cuando hubiera lugar. Sin embargo, en este ciclo de protestas que comenzó durante el mes de enero, y que según parece va a marcar el acontecer político colombiano durante todo el 2016, la izquierda ha jugado un papel más bien secundario.

Frente a esto, hay dos posibles explicaciones, que finalmente pueden complementarse, y que no dejan bien parada a la izquierda colombiana. La primera tiene que ver con que según varios sectores, salir a movilizarse en este momento implica legitimar a la ultraderecha en sus pretensiones de desestabilización (lo cual es parcialmente cierto).

La segunda explicación que puede darse a este fenómeno, responde a que por estos días dentro de la izquierda se viene generando un proceso con el que se supone se busca construir convergencia y unidad de cara a las elecciones del 2018, aunque hasta ahora no se haya avanzado más allá de la discusión en torno a los egos de las dos figuras presidenciables: Gustavo Petro y Jorge Robledo.

Con estas hipótesis lo que se confirma es que en la coyuntura actual, la izquierda, imitando las prácticas tradicionales de la derecha, está poniendo al país político por encima del país nacional, y anteponiendo los cálculos políticos al acompañamiento a la indignación ciudadana. Partiendo de este punto, son dos las reflexiones que creo pertinente hacer acerca del papel que debe jugar la izquierda en este momento.

En primer lugar, es necesario que estos sectores sean claros, concisos y enfáticos en el discurso: hay que cerrar filas frente a la paz y el plebiscito y al mismo tiempo ser críticos con el modelo desde todos los escenarios. Para esto, hay que retomar y poner a jugar la idea de que tanto la paz como el posconflicto son significantes vacíos, son conceptos cuyo significado está en disputa y que van a construirse a partir de la correlación de fuerzas entre los distintos sectores sociales y políticos del país.

En el mismo sentido, es casi que un imperativo que estos sectores políticos tomen un papel más protagónico en la canalización de la indignación nacional, y sean capaces de convertir este escenario en la posibilidad de constituirse en una izquierda que se defina más allá de la oposición, prefigurando el nuevo modelo político que quieren presentarle a Colombia para el 2018, más allá de los liderazgos y personalismos que lo impulsen.

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