Según el borrador del Plan de desarrollo 2016-2019, los jóvenes representan el 23%  de los habitantes de la ciudad. Pese a la heterogeneidad existente en esta población, existen problemáticas comunes tales como la estigmatización, el desempleo, la falta de acceso a derechos, entre otros. Y existen también, distintos procesos que han ido fortaleciendo la organización juvenil en la ciudad durante los últimos años.

Hablamos con Manuel López, psicólogo, magíster en estudios socioespaciales y profesor de distintas universidades de la ciudad, que además ha apoyado distintos procesos juveniles en el Valle de Aburrá, acerca de las percepciones sociales de la juventud, cuál es la oferta para esa población en la ciudad, y cual es el estado de la organización juvenil en el territorio.

El Fichero (E.F.): ¿Cómo caracterizar la situación de los jóvenes en Medellín?

Manuel López (M.L.): la situación de los jóvenes en Medellín, se me ocurre pensar en este momento que la mayoría de datos que tenemos sobre ellos son datos negativos, pero yo preferiría hacer como una comparación o un paralelo entre muchas positividades que tiene la condición juvenil en la ciudad en estos momentos y muchas dificultades.

La vinculación de los jóvenes a grupos armados ilegales de todo tipo, su acercamiento al consumo, su relación con el desempleo, la dificultad que tienen para acceder a la educación tanto secundaria como superior, su baja formación académica o el desencanto que tienen con la institución educativa, son algunas de las problemáticas que ellos tienen en la ciudad.

Pero también habría que decir que la juventud hoy por hoy está más organizada, a través de grupos, de colectivos, de organizaciones, de movimientos. Que puede expresar más libremente en ciertos espacios, su condición y su orientación política, sexual, religiosa, cultural; que son más visibles en la ciudad, que son más tenidos en cuenta tanto por los estamentos públicos como privados y que tienen más espacios de socialización de su condición juvenil.

E.F.: una pregunta muy ligada a la primera, es que siempre existe esa relación entre juventud e inseguridad, ¿cómo se puede entender esta relación y qué acciones se pueden tomar al respecto?

M.L.: Habría muchas formas de entender esa relación entre juventud e inseguridad, juventud y peligro. Se me ocurre en estos momentos mencionar una que las puede englobar a todas, que es la perspectiva o el enfoque adultocéntrico desde el cual se ha mirado la juventud: hemos sido los adultos, ha sido el mundo institucional el que ha caracterizado a la juventud, hablado sobre juventud, el que la ha investigado, y desde sus parámetros adultos ha decidido si el comportamiento juvenil es bueno o es malo, y entonces obviamente miraremos solamente lo malo.

Hay algo de historia en eso:  el tema de los jóvenes sicarios, el hecho de que en los libros de historia y las investigaciones sobre juventud en Medellín, esta se visibilice por su relación con el narcotráfico, con la violencia con los grupos delincuenciales. Esto se debe a que se debe a que el mundo adulto institucional no había sido y no es todavía capaz,  de ver muchas de las expresiones de carácter positivo que la ciudad tiene y que los jóvenes de la ciudad realizan.

Entonces, ¿cómo cambiar esa mirada? por fortuna hemos venido desde hace tiempo desde diferentes estamentos de la ciudad y desde la juventud misma visibilizándola de otra manera, haciendo notar que la juventud no es un peligro para la sociedad, que la juventud se comporta de acuerdo a los contextos que la sociedad misma genera: la juventud participa en procesos violentos porque la sociedad nuestra apoya y avala los procesos violentos y no porque la juventud sea violenta, peligrosa o mala en sí misma. Una gran tarea que tenemos en la ciudad, es generar más espacios de visibilidad de lo real de la condición juvenil, que incluye muchos aspectos positivos y también, como todo grupo social, aspectos negativos, dificultosos o problemáticos.

E.F.: una de las críticas que más se ha hecho a las administraciones de la ciudad, tiene que ver con que la oferta juvenil se centra en jóvenes que están estudiando o participan de procesos organizativos, dejando por fuera a los “jóvenes del común”. ¿Qué nos puede decir al respecto?

M.L : yo considero que la institucionalidad, el mundo adulto, ha ido mejorando su oferta, la ha ido acercando más a los jóvenes, la ha ido ampliando. En la década de los setentas, hablábamos de scouts, de grupos deportivos, de clubes parroquiales, no había oferta porque la noción de juventud no se tenía en cuenta. Entonces si uno hace una lectura histórica uno se dará cuenta que al menos la oferta ha venido en un proceso de crecimiento, pero  esa oferta muchas veces está sesgada por esa mirada adultocéntrica, peligrosista de la juventud, circunscrita a ciertos estratos de la población.

Pero también me enredo un poco cuando amplió la noción de oferta juvenil, que incluye por ejemplo la oferta secretaría de educación, entonces ahí si no podría decir que es una oferta circunscrita a ciertas poblaciones sino que es para todo el mundo. La oferta para los jóvenes no es solamente aquella que se hace desde secretaria de cultura o secretaria de educación; hay oferta en salud, en educación, que no es reconocida como tal por ciertos sectores juveniles, pero que realmente sí lo es.

Cuando la administración municipal construye un parque lo construye para la juventud también. Entonces habría que hablar de una oferta específica para la población juvenil en ciertos asuntos de la juventud. Allí es donde todavía hay sesgos, donde todavía nos falta ampliar más, donde todavía nos hace falta escuchar más a la juventud, uno siempre escucha cuando estamos en construcción de procesos de plan de desarrollo o cuando hay ofertas juveniles muy visibles como por ejemplo Altavoz, o la semana de la juventud, que hay sectores de la juventud organizada que se movilizan en contra o que manifiestan no haber sido incluidos en esas ofertas, ahí falta mucho.

¿Y para el jóven del común? Esa idea resulta muy compleja, porque es que el jóven del común puede estar estudiando, y entonces hace parte de la oferta que hay para la juventud. Y se han hecho algunos otros intentos que no se han mantenido en el tiempo, como la tarjeta joven, como el subsidio al transporte, hay acceso gratuito a ciertos espacios culturales para la juventud, que inclusive ahí se le podría decir a la juventud que no los aprovechan debidamente, entonces es un tema más para coger con detalle y de más largo aliento la discusión.

E.F.: esta pregunta tiene que ver con un discurso que se ha ido extendiendo en los últimos años, y es el discurso de los jóvenes ni-ni, aquellos que ni estudian ni trabajan, ¿qué consecuencias psicológicas tiene para un joven estar en esa condición? y, ¿para la sociedad qué implica tener un alto porcentaje de la población juvenil en esta condición?.

M.L.: esta es una clasificación muy en boga, algunos la comparten, otros no del todo. Yo pienso que centrarnos solamente en los ni-nis que ni estudian, ni trabajan es descuidar otros ámbitos de la condición juvenil, hay quienes estudian y trabajan pero no se pueden expresar. De hecho esos mismos espacios de estudio y de trabajo se convierten en algunas formas de captura, de apresamiento de otros aspectos de su condición juvenil, entonces también habría que señalarlo: yo diría jóvenes que ni estudian, ni trabajan, ni se pueden expresar, por ejemplo.

Sin embargo si nos quedamos en la noción de ni-nis, yo no conozco todavía estudios psicológicos fundamentados al respecto, pero me atrevería a decir que hay desarraigo: si vos no estás estudiando ni estás trabajando te sentís por fuera de este sistema que todo lo mide precisamente por tu nivel de estudio y tu capacidad de trabajo, de productividad o de los recursos económicos que te genera estar estudiando y trabajando, entonces pueden ser jóvenes que se sienten no-parte de algo, que no pueden ser constructores de sociedad. Sin embargo, hay casos de jóvenes que ni estudian ni trabajan pero tienen participación política activa en la ciudad, pero no son la mayoría. Si vos no estás trabajando ni está estudiando en esta sociedad, estás por fuera del sistema, no tenés acceso a ciertos beneficios.

Entonces a mi me funciona esa categoría para medir esas tareas que tenemos pendientes desde la institucionalidad pública, pero no me funciona del todo cuando quiero leer la condición juvenil que se expresa de otras maneras.

E.F.: la última pregunta tiene que ver con la organización juvenil en la ciudad. Hace aproximadamente un año se creó la plataforma de juventudes, ¿qué pasó a partir de eso?

M.L.: yo no te podría decir en qué estado está la plataforma juvenil de la ciudad, pero puedo decir que la emergencia de la ley 1633 de 2013, que derogó la ley 375, movilizó algunos sectores de la población juvenil que están interesados en el tema de la política. De hecho esos sectores cuestionaron esa noción de plataforma juvenil como algo nuevo o como algo institucionalizado a sabiendas de que ellos ya tenían sus propias plataformas juveniles. Aunque no las nombraban de esa manera, la ciudad tiene colectivos, tiene movimientos, tiene grupos juveniles,  algunos en abierta oposición a la administración pública, otros en interlocución constante con ella, que es lo más ideal.

Yo sé que en estos momentos, en 2016, en esta época, la organización juvenil se está movilizando en torno al plan de desarrollo y tienen también intención de acompañar a la secretaria de la juventud y a los estamentos institucionales en el establecimiento de esa plataforma, en recuperar o mirar que se hace con el concejo municipal de la juventud, que no ha sido la gran cosa, pero es un espacio que hay allí, aunque yo personalmente le apostaría más a que la institucionalidad reconozca la existencia de movimientos juveniles autónomos, independientes, críticos, culturalmente creativos, que hacen muchas cosas por la ciudad y que le pueden dar muchas luces al Estado sobre qué hacer con la población juvenil y que con ellos se construya esa plataforma que hay que hacer por ley, y no que se piense una plataforma institucionalizada que se construya con jóvenes que convocan un poco cooptados en los colegios, en los procesos que hay de gobiernos escolares, o jóvenes que responden al llamado de la institucionalidad sin mucha conciencia crítica; porque claro, no nos gusta trabajar con la juventud que nos pone problema, que nos cuestiona, que está informada. Ahí necesitamos un encuentro entre la institucionalidad y estas organizaciones juveniles, que de hecho tienen un movimiento ya, aunque les hace falta ponerle un nombre, llegar a ciertos acuerdos de mínimos comunes entre ellos y para mi esa sería la verdadera plataforma juvenil de la ciudad.

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