Se jugó la denominada jornada de clásicos en la liga profesional del fútbol colombiano y el Atanasio Girardot se pintó solo de rojo. Con el argumento de garantía de la seguridad el partido entre Independiente Medellín y Atlético Nacional se jugó de nuevo sin público visitante.

La medida emula lo que en el fútbol argentino se empezó a implementar desde 2013 a modo de sanción. Lo particular del asunto es que, si bien no fue un hecho aislado de violencia en torno al fútbol, la medida se tomó después de un enfrentamiento entre dos facciones de la hinchada de Boca que se disputaban el poder de la barra. Se enfrentan entre barras de un mismo equipo y la medida es prohibir la asistencia de visitantes.

Por referenciar un caso conocido en la misma lógica, estas dos situaciones me recuerdan la recién retirada restricción a las motocicletas de algunos municipios del área metropolitana del Valle de Aburrá, de circular con “parrillero” hombre. Una medida que reconoce una forma específica de una problemática de seguridad compleja, y que, ya sea por negligencia o incapacidad, apuesta por la restricción antes que por la solución integral.

El 26 de agosto pasado, un medio local informó sobre una riña entre hinchas en la que un  joven que portaba la camiseta de Atlético Nacional perdió la vida a causa de una puñalada en el pecho. Como menciona Fernando Carrión “siempre las políticas de shock en violencia producen desplazamientos, porque no actúan sobre las estructuras que las generan”. Igual que en los primeros años del Informe Taylor de Margaret Tatcher, como propuesta de seguridad en el momento de auge de los Hooligans, la violencia no se suprimió sino que desbordó el estadio y se recrudeció en las ciudades.

Tuve la oportunidad de escuchar la misma apreciación, desde redes sociales, conversaciones con cercanos y hasta en medios de comunicación; los aficionados asistentes al estadio extrañan la hinchada contraria en los clásicos por una cuestión de colorido y ambiente. Algunos recuerdan cómo se mezclaban las manchas verde y roja en la tribuna oriental sin que la violencia fuera un implícito.

Al contrario, suprimir al rival termina por satanizar su presencia. Dentro y fuera del estadio se empieza a instalar como práctica una especie de cacería de hinchas rivales, algún osado que quiere ver en cancha a su equipo y opta por aventurarse tratando de pasar desapercibido; pero la restricción lo convierte en intruso y la violencia reaparece más abiertamente.   

Aunque no desconozco la problemática de violencia en torno al fútbol, eso sí, como forma específica de una problemática de violencia más amplia y compleja en nuestra sociedad, no dudo en decir que el camino a un fútbol en paz necesita de políticas que se basen en el reconocimiento del contrario, de no ser así lo único que se logra es consolidar la intolerancia y el miedo.

Cada partido sin visitantes es un paso más que el fútbol da hacia la normalización de un desconocimiento del contrario, su negación y el enrarecimiento de una idea de convivencia y respeto entre diferentes dentro del estadio. Por otro lado habría que empezar a hablar más juiciosamente de manifestaciones de violencia dentro de los estadio entre diferentes barras de un mismo equipo, una muestra más de que la prohibición es solo un disimulo institucional respecto de un asunto con más aristas.

Carrión, F. Las razones de una sinrazón. Editorialista del diario Hoy, Presidente de OLACCHI, Director del programa Futbologías de Radio Quito y Académico de FLACSO.

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