Hay dos fenómenos respecto de la lectura negativa del fútbol que me parecen, además de otros posibles adjetivos, bastante particulares; el primero es una exagerado sobredimensionamiento de sus alcances y consecuencias sociales; y, el segundo, una especie de nacionalización de los males que, se dice, moviliza el balompié.

Respecto del primer asunto es de alto nivel ilustrativo la popularización de la frase “el fútbol es el opio del pueblo”,  que, valga decir, fue acotada en principio por Marx en referencia a la religión. Semejante traslado es, como mínimo, un halago para el fútbol, pues si bien algunos aficionados a este deporte dan muestras de pasión que, en ciertos casos, se pueden ubicar en el fanatismo, convengamos, los alcances generales y las consecuencias del fútbol, ya sea social o individualmente, no son comparables con las de las religiones.

El segundo caso es, a modo de auto flagelo selectivo, una crítica a los alcances de la idiosincrasia y las costumbres colombianas, pero –reitero– selectiva, porque quien hace el señalamiento se separa del fenómeno por medios lingüísticos, reconociéndose como observador, y no participante, de una situación que lee como viciada.

Hace unos días, en una columna publicada en este mismo portal, se hizo una reelaboración de la misma metáfora. Se dijo que ya no es el opio, sino que el fútbol es “la anfetamina del pueblo”, aún más, propiamente de Colombia, y es al respecto de este escrito que quisiera compartir mi opinión hoy.

Como ya dije, creo que las críticas sociales en torno al fútbol padecen una sobre estimación de sus consecuencias y alcances, pues si bien es fácil reconocer que dentro de los deportes es el que sobresale por sus manifestaciones e influencias en la construcción de imaginarios colectivos, es por lo menos osado tratar de explicar carencias sociales profundas, como la falta de memoria histórica crítica, desde un solo lugar. A Andrés Escobar, dicen, lo mataron por un autogol. Es el mismo país de “la escombrera” o de Jaime Garzón –por nombrar solo dos situaciones entre cientos posibles– sin embargo algunos consideran que la culpa es del fútbol.

Esta misma semana leía en prensa una nota deportiva, en la que se contaba que la asistencia de público al partido entre Atlético Huila y Alianza Petrolera fue solamente de dos personas, “Bochornosa situación en el fútbol colombiano: Solo dos personas asistieron a un partido”, titulaba un medio chileno. En Alemania o Inglaterra los estadios están siempre llenos en partidos hasta de cuarta división y creo que podemos estar de acuerdo en que si comparamos esas sociedades y la nuestra en términos de convivencia y cultura política salimos mal librados.

La mayoría de sentencias negativas sobre posibles influencias negativas del fútbol en la sociedad descuidan fenómenos más amplios, desde los cuales se podría ayudar a explicar las formas específicas que ha tomado la pasión por el fútbol en Colombia. Es decir, el fútbol es fundamentalmente un escenario que propicia, de manera particular, la manifestación abierta y acentuada de formas sociales, pero no es el causante ni generador de las mismas.

La tendencia a la “carnavalización” –si me permiten el término– de los acontecimientos públicos es una constante social en nuestro país. Si bien el fútbol permite que se generen lazos más profundos de identidad y apasionamiento debido a la continuidad del acontecimiento, la euforia o “éxtasis” colectivo en Colombia también propicia  la existencia de una cantidad insospechada de reinados de belleza, fiestas, ferias y carnavales de todo tipo.

Hay entonces diferencias amplias en la forma como se manifiestan las pasiones en el seno de diferentes culturas, pero con respecto al fútbol específicamente hay una constante mundial, y es que, como dijo una vez el escritor francés Albert Camus, “la patria es la selección nacional de fútbol”. Aunque la exageración es evidente, lo que señala Camus tiene conexión directa con que la popularización del fútbol a nivel global se dio por medio de la FIFA, cuya estructura organizativa compuesta de confederaciones en representación de países, terminó por instar en los aficionados la adopción de sentimientos nacionalistas como movilizadores de la competencia deportiva. Hablar de la construcción de idearios nacionalistas en el fútbol como una cuestión propia del caso colombiano, de nuevo, es una reducción fácil de evidenciar.

Por otro lado, entiendo que haya una preocupación porque el fútbol se convierta en el referente principal de la idiosincrasia, en Colombia o en cualquier parte del mundo; pero también considero que hoy el fútbol le expone al país referentes beneficiosos. A lo largo de la historia deportiva del país, los personajes sobresalientes solían estar involucrados habitualmente en problemas de disciplina, drogas y alcohol; así que el fútbol, como escenario de nacimiento de personalidades públicas, puede ser aprovechado como lugar para promover valores como el profesionalismo y la responsabilidad. En una referencia que hice en un texto pasado, Nelsa Curbelo –postulada  dos veces al premio nobel de paz– lo expresó alguna vez de manera muy clara:

“…son los propios jóvenes los que tienen que encauzar lo que quieren, y para eso necesitan referentes, facilitadores, modelos. Y cuáles son esos modelos que tienen ahora: los jugadores de fútbol, los artistas; la verdad es que no tienen muchos modelos políticos.”

Quiero cerrar esta reflexión declarándome futbolero empedernido, apasionado y, cuando hay lugar, irracional; lo cual me lleva a que deba decir que, paradójicamente, siento que quienes quieren criticar el fútbol muchas veces le dan mucho más peso del que alguien como yo, aficionado manifiesto, alcanza. Creo que el grueso de futboleros sabemos qué lugar tiene realmente este hermoso deporte. Mejor que Arrigo Sacchi –hombre que por sus logros profesionales se debe al futbol– no se puede decir: “El fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes”.

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